Un día mágico entre varios malos

Inhalo. Inhalo. Exhalo. Exhalo. Pienso que ha sido otro día malo, como han sido tantos en este último mes. “Soy un desastre”, me digo. Quisiera desquitarme con Fortuna, con Caos, con quien parezca tener la culpa de mi torpeza. Me veo en el espejo y reconozco que soy el único responsable de este desorden.

He engordado bastante en este último mes. Como y bebo sin medirme. Veo mi cabello desaliñado, mi ropa holgada y me comparo con quienes caminan por la calle. Todos son más altos, más fuertes, más guapos. Su ropa está planchada, aseada. No puedo ser como ellos. Ya ni lo intento. Recuerdo cada vez que intenté vestir una camisa elegante y me tiraba un poco de comida encima. “Soy un desastre”, me digo. Uno zapatos bien boleados no me durarían. Una camisa de vestir se me descosería en unas cuantas puestas.

Me sentí un desastre toda la semana, excepto ayer.

Desperté temprano el sábado. Me acosté tarde el día anterior, pero había quedado con Karina para ir a Los Dinamos. La esperé afuera del metro y tomamos un camión que sube por toda la avenida San Jerónimo.

En Los Dinamos corre el único río vivo que tiene Ciudad de México: el río Magdalena. Lo entuban para surtir de agua potable a una pequeña parte de la ciudad, pero en la reserva aún se encuentra libre. Caminamos un par de horas cuesta arriba. A pesar de haber dormido poco, no me sentía cansado, pero Karina quería regresar porque a las dos su perro, Claudio, empezaría a inquietarse en la casa. “Lo tengo que pasear”.

El camión de regreso baja sobre el río Magadalena. En ese tramo, el río ya se encuentra domado y corre silencioso bajo la calle. Excepto en época de lluvias, nadie lo nota. Karina regresó a su casa. Yo no quería volver al departamento que cada vez se encuentra más abandonado. Entonces, fui a la Cineteca. Quería ver una película, pero no podía sentarme sin cabecear. Me recosté en el pasto y me quedé dormido.

Casi después de despertar, reconocí a lo lejos a una compañera de la carrera, Jocelin. Iba acompañada de otra chica más. Contrastaban un poco. Jos vestía sandalias y una blusa de algodón, ligera y con tirantes. Su amiga traía un vestido dominguero de color durazno. La saludé a lo lejos, pero no me vio, así que me acerqué hasta pararme detrás de ellas.

Nos saludamos: “Hooola, ¿cómo estás?” “Bien, gracias. Y ¿tú?”, y así prosiguió la conversación hasta que me dijeron que iban a pagar el estacionamiento porque les salía más barato en taquilla. No habían encontrado boleto para una película de Wes Anderson.

“Yo vengo a ver Sueño en otro idioma, pero antes me dormí un rato para no dormirme en la película”, les dije. Llegamos a la taquilla y nos quedamos los tres en silencio. La cajera nos vio extrañada, hasta que me dijeron “pues pide tu boleto”. “Ah, sí. Uno para Sueño en otro idioma.” “¿Boleto de estacionamiento?” “No”. “¡No, sí, sí!” dijo Kari, la amiga de Jos. “Ah, sí, sí. El Cadillac. Casi nunca lo saco y se me olvida que tengo uno”, le dije a la cajera que se aguantaba la risa.

Faltaban tres horas para la película. Kari y Jos planeaban pasear un rato por Coyoacán, ahora que podían tener indefinidamente el auto en el estacionamiento. Las acompañé. Esperaban a una amiga para tomar cervezas artesanales más tarde, a la vuelta del Cenart. En el mercado platicamos de lingüística, de educación, de metas y de desilusiones. En el mercado, se unió su compañera. Caminamos por el centro después de comer unas tostadas.

“¡Papas!”, escuché a lo lejos. Volteé hasta que vi a Chota y a Manolito a lo lejos. Se acercaron a mí. Comenzaba a chispiar, pero no nos importó mucho. Jos y sus amigas se metieron a la puerta lateral de la parroquia, mientras Manolito, Chota y yo nos poníamos al tanto de las novedades. Chota se iría pronto a Europa sin un quinto, pero un montón de libretas para vender. Manolito me comentó que tomaba unos medicamentos después de intentar cortarse el brazo. Yo le mostré mi llavero-pastillero y le dije que lo entendía. Sonreímos porque sabíamos que los tres entendíamos. No se necesitan palabras de apoyo cuando te hacen sentir acompañado.

Nos reintegramos al grupo de Jos. “Ellos van también cerca del Cenart, ¿les pueden dar un aventón?”, les dije. “¡Claro!”. Ahora éramos un grupo de seis personas. Nos apretujamos en un carro para regresar a la Cineteca. Pensamos en esa escencia que tiene Coyoacán que permite esta clase de encuentros fortuitos, algo de lo que carecen la Roma y la Condesa.

Cada quien tomó su rumbo poco a poco, hasta que me quedé solo en el cine a ver la película. Pensé que fue un día mágico entre tantos malos que he tenido últimamente. La película me encantó. Sin embargo, de regreso en el metro me sentía otra vez  sin rumbo y con ganas de dejar de existir. Me fijé en la hora y recordé que ya debía tomarme mi medicamento.

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