Archivo mensual: junio 2018

Dos libros sobre la tragedia de ser niño

Aritmética simple: el ataúd es más barato que la medicina. Esta operación matemática era parte de la vida cotidiana de las comunidades zapatistas cuando un niño se enfermaba. En los primeros comunicados de la comandancia repetían la lección para recordar por qué era necesario levantarse en armas y por qué era importante continuar la lucha.

Ser niño no es sinónimo de alegría si naciste en la cuna equivocada. A algunos se les prohibió la infancia; a otros más se les castigó por no tener la mayoría de edad. Es historia antigua. Existen dos referencias bíblicas —de dudosa veracidad— sobre  dirigentes políticos que ordenaron la matanza de los infantes: Herodes y el Faraón. Sean historias reales o no, es sabido que en los momentos de crisis nunca les ha ido bien y han sido constantes víctimas en las guerras.

Dos autores contemporáneos abordan esta tragedia pasada y presente de manera distinta, pero ambos escriben para los mismos niños: Ricardo Chávez Castañeda y Dirk Reinhardt.

Ricardo Chávez Castañeda recorre la cruel historia de la infancia en El libro de la negación, contada también con la ayuda de una atrevida ilustración de Alejandro Magallanes. El protagonista descubre que su padre anota en una libreta cosas terribles: matanzas, torturas o amputaciones contra los niños. No se explica como pueden sus manos escribir todo eso e intenta destruir la libreta.

Porta del El libro de la negación, escrito por Ricardo Chávez Castañeda y diseñado por Alejandro Magallanes. Editorial El Naranjo

El libro de la negación, editorial El Naranjo

El recuento histórico de Chávez Castañeda incluye la matanza de Herodes y los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Es un tema difícil de abordar y para mí, quedó a deber: «Esto debería destrozarte el corazón cuando lo lees», pienso. Quizá el problema se encuentra en cómo decide abordarlo: la ennumeración de una serie de injusticias y la impresión que causan en un niño enterarse de ellas.

Aún así, no puedo evitar recordar en estos momentos a El libro de la negación. No quiero escuchar el llanto de los niños que son separados de sus padres en la frontera. No quiero comprobar que los meten en jaulas. No quiero saber los detalles. Y minimizo el asunto. Con tono de historiador erudito me digo: «esto ya ha pasado antes. Es más, pasa a diario de modos distintos». «No por eso es inadmisible ahora, como debió serlo antes», me respondo para obligarme a no voltear la vista.

Todavía hoy en día, en alguna parte del mundo, hay niños que son obligados a participar en conflictos bélicos, a ceder sus órganos, a prostituirse o simplemente a morir de hambre. Nadie alcanza a grabar sus llantos para que volteen a verlos. Nadie exige a ningún gobierno que actúe con firmeza y se pronuncie en contra de estos actos. ¿Podríamos vivir tranquilos si pensáramos en ello diario? El libro de la negación responde: No.

Antes de llegar a la frontera, las familias ahora separadas por las políticas migratorias de Donal Trump tuvieron que cruzar México. Y en muchos casos, este viaje lo hicieron los niños completamente solos. En Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, el escritor alemán Dirk Reinhardt cuenta en una novela la historia de cuatro jóvenes que viajan a Estados Unidos para reencontrarse con sus padres. Reinhardt se enfoca en un problema contemporáneo para hablar de la dificultad de ser niño y escoge otra forma de presentar hechos reales: personifica a las víctimas y las convierte en los héroes de una historia de aventura.

Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, escrito por Dirk Reinhardt, editorial B de Blok

Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, editorial B de Blok

Aunque prefiero el acercamiento de Reinhardt, los dos libros juntos dan una perspectiva completa sobre ser niño en un mundo donde todavía quedan muchas injusticias por resolver: Chávez Castañeda presenta una visión global e histórica, mientras que Reinhardt una particular y presente. Son dos formas de generar empatía por el otro.

Por cierto, en los últimos comunicados de la comandancia, los zapatistas han destacado que gracias a las clínicas gestionadas por ellos mismos, la mortalidad infantil en su territorio se ha reducido. Otro mundo sí es posible.

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Guanábana dulce

Casi no volteo a ver el jardín de mis abuelos cuando voy de visita. Está deshecho. El pasto se secó por completo hace más de diez años y solo queda un montón de tierra negra. Sin embargo, algunas plantas aún crecen. Las mañanitas florean en los bordes. Un pequeño árbol sobrevive en una de las jardineras. Y junto a unos arbustos, hay un guanábano.

«¿Quién trajo ese guanábano?» le preguntó mi tía Ana a Güicho. «Lo trajo Paulo», le respondió. Yo, la verdad, no me acuerdo haber plantado un guanábano en la casa de mis abuelos, aunque puede ser. Me la pasaba mucho tiempo en ese jardín.

Jardín descuidado, sin pasto. Dos arbustos y un árbol de guanábanas o guanábano.

Cuando iba en preescolar, me dedicaba a regresarle sus hojas delgadas y rasposas a las ramas del pino, ahora ausente. Como todo pino, nunca se quedaba sin hojas, ni en invierno, pero a mis cuatro años jamás había escuchado la palabra «perenne». A mí me habían dicho en la escuela que en invierno se caen las hojas de los árboles y en la primavera les salen. Pensé que, si de alguna manera impedía que perdiera todas sus hojas un árbol, el otoño nunca llegaría.

Después de que murió mi abuelo, ese pino poco a poco tomó un tono dorado marrón. Por primera vez perdió todas sus hojas y, ¡zás!, lo cortaron.

Había otro pino que llegó al jardín por mí. Me lo dieron en una campaña de reforestación cerca de mi primaria. Era un pino feo, parecía un alambre torcido con solo unas cuantas hojas que le crecían como pelos parados y verdes. Por su tronco chueco, era claro que solo causaría problemas. Desde que lo planté, intuí que su destino era ser cortado. No recuerdo haberle pedido permiso a nadie para sembrarlo, sentí que no me dejarían. Me dirían lo mismo que cuando pedía un cachorro: «Muy bonitos de pequeños, pero al crecer, nadie podrá hacerse cargo de él». Por eso lo puse en la esquina del jardín y esperé a que creciera en silencio y sin llamar la atención. Así pasaron los años. Volteaba a verlo de vez en cuando y observaba cómo sigilosamente empujaba la barda. Después de que mi abuelo falleció, mis tíos lo notaron en la esquina del jardín, cerca de la calle y de la casa del vecino. ¡Zás! También se fue.

Luego sembré una semilla de girasol. Era menos problemática que un árbol, así que me olvidé pronto de ella. A los quince días estaba erguida y con sus pétalos amarillos dirigidos al astro. Yo estaba impresionado. Para mí, fue como si saliera de la noche a la mañana. Me senté un rato en frente de la flor para comprobar que en verdad giraba con el sol. Era como apreciar el horario —la manecilla más corta del reloj. Volví a olvidarla hasta que se marchitó.

Me decepcionó un poco que se marchitara la flor. No sabía nada de flores. Quería observar de dónde sacaban los girasoles sus semillas. Suponía que salían justo de en medio de la flor y que un día la tiraban. No vi ninguna semilla tirada. Murió la flor y después no supe qué pasó con la planta ni con sus semillas. No volví a sembrar girasoles.

En otra ocasión enterré una pata de pollo. No esperaba que crecieran pollos o patas de pollos enmoladas después, por supuesto. Solo pensé que con el tiempo, esa pata se fosilizaría. No lo vería, alguien más lo haría dentro de mil, diez mil, cien mil o un millón de años. Me parecía de suma importancia enterrar ese pollo en el jardín pues no entendía de qué otra manera, después de extinta la humanidad, la gente del futuro —que no serían humanos, por supuesto— podría saber de la existencia de los pollos. Y saber que nos los comíamos. Todo lo que necesitaban saber estaba en esa pata mordisqueada por mí. La dejé limpia y preparada para el porvenir.

Supongo que ese proyecto se cebó. Los perros de la casa escarbaban seguido en la tierra. Cada que los veía husmeando, pensaba que descubrirían la pata de pollo y la verían como un botín, arruinando así mi legado fósil.

Me acuerdo de todo eso, pero la verdad, no recuerdo haber plantado nunca un guanábano. Sí recuerdo que a mi abuelo le encantaba el agua de guanábana, pero casi no la tomaba porque la guanábana es difícil de conseguir fuera de temporada y suele ser muy cara.

A mí no me encantaba el agua de guanábana. Me gustaba su sabor, pero me fastidiaba encontrarme con una semilla en cada sorbo. Me parecía molesto chupar la semilla para quitarle toda la pulpa. Sin embargo, como a mí abuelo le gustaba tanto, trataba de disfrutarla como él lo hacía, ignorando los inconvenientes mientras juntaba las semillas sobre una servilleta. Sí después enterré las semillas en el jardín; no lo sé, pero puede ser. Suena a algo que hubiese hecho de niño. Quizá sembré las semillas para que después mí abuelo tuviera las guanábanas que quisiera. Quién sabe si fue así, pero ahora hay un guanábano en el jardín y me señalan como el responsable.

Semillas de guanábana sobre una servilleta

«Ha estado dando tantos frutos el árbol que ya solo se caen, Paulo. Hay un montón ahí tirados que nadie se comió ya», me cuenta mi tía.

Llevo unos días en la casa de mis abuelos y apenas veo bien el jardín. Reconozco el guanábano y me trepo al árbol para bajar uno fruto maduro. No es un árbol muy grande, pero ya solo hay guanábanas en la copa. Su tronco tiene varios machetazos y está lleno de hormigas negras y pintas que me pican mientras avanzo sobre el tronco. No puedo bajar la guanábana con la mano, cae directo al suelo. La recojo, la llevo a la cocina y la pongo en un plato. En el lavabo, le quito la tierra, las hojas secas y las hormigas que se le pegaron al caer. Me preparo con ella un licuado. En cada sorbo, siento una semilla que chupo y pongo en una servilleta. Al terminarme el licuado, veo el montón de semillas en la servilleta. Por un momento pienso en sembrarlas, pero me digo: «No tiene caso. Mi abuelo murió hace más de diez años».

Fruta de guanábana sobre un plato.

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Cómo la luz nos arruinó la noche

No pensaba en escribirte. Pensaba en la luz de los focos. Me quedé despierto por trabajar y dejé la luz del cuarto encendida. Mi sobrino quiso dormir conmigo, pero como yo no pensaba dormir, él se quedó acostado en un sillón, tapándose los ojos con el brazo.

Me sentí un poco culpable al verlo. Algo leí sobre dormir con la luz encendida. Perjudica al sueño. Entonces comencé a pensar en cómo la luz de los focos arruina el cielo estrellado. Sin darme cuenta, mi pensamiento se acercaba poco a poco a ti.

A mi sobrino le gusta subir a la azotea «para ver las estrellas», dice. Aquí no es la ciudad de México, pero no es un buen cielo. Creo que se conforma demasiado. Tiene nueve años y no ha viajado mucho. Es como yo: le basta reconocer a Orión y su cinturón para sentirse contento.

“Debería existir un texto que nos hablara sobre cómo la luz nos arruinó la noche”, pensé cuando lo veía dormir. Como no conozco ninguno, me dispuse a escribirlo.

No sabía cómo empezar. Quizá con un relato de la zona norte de Chiapas, donde vi por primera vez una estrella fugaz. Me levanté a mitad de la noche y todos los compas estaban absortos, con la cabeza levantada, viendo hacia el cielo. Tú sabes que ellos se levantan muy temprano, por lo que me pareció muy extraño verlos tan tarde despiertos. Recordé que los choles siempre han sido un pueblo de astrónomos y me sentí acompañado junto a ellos. En algún momento vi pasar a una estrella fugaz. No volví a ver una en mucho tiempo.

“Podría empezar por ahí y después señalar que la noche no es tan oscura”, me dije. Apareciste en ese momento en mi mente. Los dos, a trompicones, caminábamos a tientas cuesta arriba. Tú ibas al frente. Esa noche no me parecía tan oscura, aunque sí era muy fría. Nos sentamos en la terracería a ver las Leónidas. Nunca antes vi tantas estrellas fugaces. Regresamos helados a la cabaña. Me pediste ayuda para calentarte y…

Planeaba recordar después las noches con mi telescopio en Veracruz, pero ya no quería escribir sobre la luz y la noche, solo quería escribirte y compensar un poco todo lo que en los últimos meses no nos hemos dicho.

No sé si te llegue este mensaje. No me atrevo a enviártelo directamente. Me duele no entender qué pasó. No quiero mortificarme pensando qué responderás. Si no dices nada, prefiero creer que nunca lo recibiste. Y quienes lo lean sin saber a quién me dirijo, que se convenzan que solo es un ardid para hablar de la luz y la noche.

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