Archivo mensual: julio 2018

«Certified Writer» o sobre prostituir las manos

No me gusta la palabra “escritor” aunque esté en inglés: writer. Pero necesito unas tarjetas de presentación  y un cargo. Agarro Certified Writer. Tomo el título de mala gana. Lo leo una y otra vez mientras diseño la tarjeta, la mayor parte del tiempo sin prestarle atención. Mi nombre está arriba de Certified Writer, en negritas. A la izquierda coloco un logo; abajo, mi información de contacto. No quiero imprimir muchas tarjetas, solo salir del paso. “Unas diez bastarán para venderme”. A esas palabras de mi mente sí les presto atención: para venderme.

El plan es levantarse temprano e imprimir la tarjeta en opalina, pero me acuesto tarde por hacerla. Es de dos colores y con una tipografía sans serif.

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Salgo en bicicleta a mediodía con mi camisa favorita y con una mochila azul en la espalda donde cargo el candado y la laptop. Será un día pesado, pero al menos encontré voluntad de salir. Como aún me pierdo a donde quiera que voy, me pongo los audífonos para escuchar una voz femenina e ibérica que me indica dónde doblar, dónde seguir.  Aún así, me pierdo.

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Harto del calor, me meto en la primera imprenta que encuentro. Anuncian tarjetas de felicitación, invitaciones a bodas, quince años y quién sabe qué tanto más. No veo “tarjetas de presentación”, pero en un cartel aseguran que si no lo tienen, que lo pidas y te lo hacen.

Recargo la bici afuera del local, sin candado. Doy las buenas tardes y pregunto: «¿Hacen tarjetas de presentación?». «Sí, ¿cómo las quieres?» me responde la recepcionista. Es una chica más alta que yo. Su piel es blanca; no blanca blanca. Es blanca como un papel opaco, quizá un fabriano. Me sonríe mientras me muestra tarjetas impresas en mate, en couche y otros nombres que enumera sin que le preste atención. «Solo quiero imprimir una pocas tarjetas», le digo. Supongo que no es un pedido común. Conozco unas cuantas imprentas y todas hacen el trabajo en grandes volúmenes . «Te conviene más que sean mil. Mil en couche te cuesta 546 pesos, mientras que unas cien te sale en doscientos». Cien aún me parecen demasiadas tarjetas. No me imagino a quién le daría cien tarjetas con mi nombre, solo para cumplir con un trabajo que no sé cuánto tiempo haré porque no creo que me guste hacerlo por demasiado tiempo. No me gusta venderme. «Solo quiero unas diez. Ya traigo el diseño». Piensa un poco y por ese gesto me simpatiza. No es una burócrata. «Podríamos imprimirte una hoja en opalina. Te costaría ochenta pesos». Sonrío porque yo solo quería unas diez tarjetas en opalina, las que caben en una hoja. «Me parece bien».

Me sugiere meter la bicicleta en el local y me lleva con el diseñador, quien pelea contra un pulpo. Es un tipo rollizo, con barba de chivo y bigote ralo. Está todo sudado. Levanta y baja rápidamente el bastidor que sujeta el pulpo. Cada que baja el bastidor, pasa encima de la malla una racleta e imprime unas alas doradas súpercursis. No deja de trabajar mientras la chica le explica mi petición. «Quiere unas pocas tarjetas». «No, pero no hacemos menos de cien». «Le dije que podíamos dejarle en ochenta pesos una impresión en opalina. Él trae su diseño». El diseñador accede, pero le dice que ella se encarga de todo porque ahora está muy ocupado. Regresamos al local.

En el local le entrego la memora USB. La conecta a la compu. Me siento a su lado y le indico el archivo. Lo abre en Illustrator. «Los colores del logo se invirtieron», le digo cuando veo las tarjetas. «¿Cómo?».«Donde hay azul, debería haber blanco. Donde hay blanco, debería haber azul». Cierra el archivo y lo vuelve a abrir como la gente que apaga y prende el módem cuando no hay conexión. Seguía igual. «Lo paso a Corel, a ver si ahí puedo componerlo», me dice. Supongo que ella sabe qué hace.

No sabe. «¿Cuáles son las teclas para copiar? ¿Control Ce?» me pregunta. «Supongo que sí», le digo sin estar tan seguro porque Illustrator funciona con otra lógica. Suponemos mal. Escribe Control Ve en Corel y no pasa nada. La veo frustarse mientras intenta arreglar el problema que le he traído y me simpatiza. Solo sé usar Photoshop y no diría que sé usarlo. Pienso que ella aprenderá a usar Illustrator, Photoshop y Corel en esta imprenta. Yo no sé nada. Anoche me peleaba por hacer unas tarjetas de presentación en Libreoffice. «Es que yo no estudié diseño, estoy aprendiendo aquí», se disculpa. «Dejo voy por un chico que sí sabe y no está tan ocupado».

El chico es alto, con barba de diseñador de la Condesa. Abre las tarjetas en Corel, vectoriza el logo, cambia los colores. La chica ahora solo tiene que copiar la tarjeta que compuso su compañero y pegarla cinco veces. «¿Y qué estudiaste?» le pregunto. «Enfermería, pero la dejé». Quizá no aguantó la trajina. Yo no la aguantaría. «Es una carrera pesada», digo según yo para consolarla. «Para mí no tanto porque me gustaba estar en el hospital». Mi hipótesis fue errada. «Entonces, ¿por qué la dejaste?». «Por problemas en mi casa, me acabo de salir de ahí». Habla un poco de su madre y se nota que le cuesta de trabajo, como a mí me cuesta hablar de mi padre. Ahora quisiera conocerla mejor. «¿Cómo te llamas?» me pregunta aunque mi nombre está en la pantalla, en la tarjeta de presentación. «Paulo, con U». Escribe “Paulo” y se abre la carpeta que se llama PAULO en la USB. Ella cree que no se guardó. Crea otra carpeta llamada “Paulo” dentro de la carpeta llamada “PAULO”, guarda los archivos y expulsa mi USB. Luego, busca la carpeta en la computadora para copiarla en otra memoria. Sé que no la encontrará. «Pues si te gustaba, no deberías abandonar la carrera» le digo, bien poco original. «Sí, la retomaré en un año» dice sin ocultar la alegría que le causa pensarse nuevamente en el hospital.

«¡Ay, creo que copié el archivo en tu USB otra vez!». Sabía que lo había hecho, vi cómo lo hizo. Le pasé el pendrive y lo volvió a colocar en el ordenador. Mientras repetía todo, me pregunta: «¿Y tú qué haces?». La tarjeta de presentación aún está en la pantalla. Debajo de mi nombre dice Certified Writer, un cargo mamón que solo copié porque sonaba bien para venderse. Hubiera preferido poner “diletante”, o “extraviado”, o “el que sube la piedra cada mañana sobre la cima de la montaña”.  Respondo mientras veo su mano izquierda de papel fabriano a unos cinco centímetros de mi mano derecha con pelo en los nudillos: «Escribo».

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En los últimos años solo he prostituido mis manos. Me he vendido. Trescientas palabras para decir que Steren tiene los cables UTP categoría 6 más BARATOS y de MEJOR CALIDAD. Quinientas palabras —¿o mil?— para enfatizar que en Walmart encuentras las MEJORES PROMOCIONES del BUEN FIN 2015. En 1 500 caracteres, resumir una entrevista al director de email marketing de Amazon México, la cual firmará con su nombre. Reportar los muertos que hubo durante otra “sangrienta” noche en la ciudad de México. Llenar las redes de textos cuyo único fin es ser vistos y cliqueados.

No todo ha sido horrible. Hubo textos que disfruté hacer desde la investigación. No dormí durante toda una noche para dejar impecable un artículo sobre drones. Aún me emociona imaginar qué habrá sentido el biólogo mexicano que descubrió la flor más rara del mundo. Hasta Sísifo puede tener días felices.

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«Escribo», le digo cuando me pregunta qué hago yo. Responde «¡Ah!», sin emoción alguna. Siento vergüenza. Quizá piensa que soy un vago o un nene consentido. ¿No lo soy? Aunque mover los dedos me haya dado para pagar la renta. Ella me causa simpatía, quizá porque la veo como una de las enfermeras que me atendieron cuando estuve en una vez en terapia intensiva.

O quizá me causa simpatía solo porque se salió de la casa de sus padres e intenta ayudarme lo mejor que puede con lo poco que sabe de Corel e Illustrator.

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Ahora sí copió bien el archivo. Saca la memory stick y se levantaMe quedo solo en el local. Me veo en el reflejo del vidrio. Veo mi camisa favorita con sus cuadros de colores rojos, azules y morados. Está un poco vieja y sudada, pero fajada no se ve mal. Mi barba está delineada. Intento sonreír. No importa el esfuerzo, nunca lograré ser atractivo en este país. No soy capaz de rascar los uno setenta metros de altura ni parado de puntitas, ni de parecer un colonizador recién llegado al Nuevo Mundo.

No importa tu aspecto, solo debes saber venderte. Practico con voz queda frente al reflejo: «Muchas gracias, ¿cuál es tu nombre? Bueno, ya tienes mi tarjeta de presentación». Qué mamón. Solo pregunta su nombre y dile que confías en que será una buena enfermera, que no siempre todo es tan sencillo como quisiéramos o que esperas que todo se le resuelva y que pueda terminar su carrera. Al menos le regresas un poco el favor que te hizo al hacerla sentir bien. A ver, practica:

«Pues muchas gracias… ¿cuál es tu nombre». Me mira un poco extrañado el diseñador que entra al local mientras yo hablo solo en voz baja. Pregunta que si se pudo hacer lo de la tarjeta y le digo que sí. «Creo que la chica fue a imprimirla». Un niño sigue al diseñador como patito. Él se voltea y le dice: «Vamos a ver dónde anda Citlalli».

Se llama Citlalli. Ya no tiene sentido preguntarle su nombre, ya lo sé. Ella no sabe que lo sé, pero si no hay verdadera curiosidad, no me sale. Podría decirle solo «Gracias, Citlalli».

El diseñador ve la bici y se pone a preguntar que si es cara, comenta que se ve muy práctica y dice que se nota lo buena que es. Me empiezo a desilusionar. Si llega Citlalli y está el diseñador, ya no me sentiré con confianza de hacer plática. Quizá es lo mejor, ¿por qué le interesaría hablar conmigo? Me he emocionado porque casi no conozco a nadie aquí y ella me recibió con una sonrisa.

***

El diseñador sale del local cuando Citlalli regresa con las tarjetas en un pequeño sobre transparente. Se veían más de diez. “Será por el grueso del papel”. Citlalli ya no sonríe. Por mi parte, ignoro si logré coordinar una sonrisa. En lugar del «¡Gracias, Citlalli!», solo logro balbucear «gra-a-axias». Casi corro hasta que recuerdo que debo pagarle. Después intento hacer un poco más de tiempo, «¿Sí me diste la USB?». «Sí. Sino, busca, pero yo me llevé la negra». Sé que se llevó otra USB, pero en verdad no encuentro la mía. Reviso en el bolsillo derecho, en el izquierdo, en los de atrás, en la bolsa de la mochila, en mi compu. Nada. Repito. Nada. Tercera vez. Aquí está. Evito su mirada y me concentro en guardar mis cosas a la mochila. Tomo la bici y mientras me acomodo la mochila, Citlalli sale como apurada del local y yo solo logro despedirme con un tenue «que estés bien», más parecido a mera fórmula social que sincera preocupación.

En las siguientes cuadras encontré más imprentas. “Son más necesarias que los escritores”, pienso y me pregunto si no es una ironía.

***

No me gusta la palabra “escritor”. Al menos no me gusta verme como uno. En inglés tiene menos peso, quizá porque hay de todo tipo de escritores: copywriters, screenwriters, playwrights, songwriterstypewritersghostwriters, etcétera. Hasta donde sé, ningún erudito ha pintado una raya entre el writer y el resto de los mortales que teclean como monos y que, solo gracias a que las combinaciones posibles son infinitas, de vez en cuando sacan una buena frase. En español hay quienes distinguen entre el “simple redactor” y El Escritor.

En el currículum siempre pongo “redactor creativo”. La verdad, preferiría ser solo un profesor.

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Torta de tamal: grifo culinario

La primera vez que escuché de la torta de tamal iba en quinto de primaria. Mis compañeros de clases la comentaban como una extravagancia de la capital. «¿Masa más masa? ¡Qué asco!», decían cuando se la imaginaban.  Ese era el principal problema que teníamos en Veracruz contra la torta de tamal, que era masa más masa.

A la hora de la comida, les conté a mis abuelos sobre lo que escuché en la escuela: «Que en México comen tortas de tamal». Y me imaginé la micha que agarraba en ese momento con un tamal en medio. «Los chilangos hacen cosas muy raras luego» comentaron ellos.

Torta de tamal o guajolota presentada en un plato y fondo blanco.

¿Masa más masa? La torta de tamal es vista con desconfianza para quien no la conoce.

Quizá el rechazo a la torta de tamal en Veracruz tenía un poco que ver con los tamales que solemos comer: ¿se imaginan una torta de tamal con un tamal oaxaqueño? Por lo general es el primer tipo de tamal que nos viene a la mente, que en Veracruz le llamamos «tamal de masa». Tampoco es un tamal esponjoso y seco, como suelen hacerse los tamales de elote fuera de la ciudad de México. El tamal entortado es algo húmedo; su textura, diferente al bolillo que lo arropa.

Para mis quince años jamás había visto una torta de tamal. Como me parecía extravagante su existencia, pensé que era un invento sobre las costumbres de la capital. Esta idea se reforzó cuando me fui a vivir al Distrito Federal: pasó como año y medio sin que viera una sola guajolota, como también le llaman. Hasta que un día vi a una compañera del CCH con…

¿Una torta?

¿Un tamal?

«¿Qué comes?» le pregunté mientras veía sus manos sobre papel estraza y olía cerca de mí un perfume como de masa calientita. Era un día frío.

«Es una guajolota» me dijo. «¿Una qué?» volví a preguntar sin entender, hasta que abrí bien los ojos: estaba ante un ser mítico, mitad torta, mitad tamal. Y solo repetí el lugar común: «¿Comes masa más masa?». «¿Quieres probar?» me dijo mi compañera y me acercó aquel grifo culinario.

Le di una mordida a la torta. Entonces, mi boca sintió por primera vez la masa del tamal deshaciéndose junto a la masa del bolillo. El sabor a mole verde predominaba, mientras que la textura de las dos masas lo acompañaban en una extraña danza pensada para las papilas gustativas.

«Pruébalo con atole» me sugirió. El líquido caliente me ayudó a pasar el bolo mientras sentía un calor en la garganta, que luego pasó al pecho y que luego pasó al estómago. Como dije antes, era un día frío.

Esa fue la primera vez que probé una torta de tamal. Entonces lo comprendí: La torta de tamal no es masa más masa; el todo siempre es más que la suma de sus partes. Los de fuera no logramos imaginar a la dichosa torta en todo su contexto: las manos heladas que la sostienen en una típica mañana del valle de México; las diferentes texturas de las masas en nuestro paladar, y el atole humeante como un complemento necesario.

Puesto ambulante o puesto callejero de tortas de tamal en una mañana fría.

Una mañana fría, antes de empezar a trabajar, es el momento ideal para comer una torta de tamal.

La torta de tamal es una bomba de carbohidratos, por supuesto. Por eso tiene un lugar específico en la comida: en el desayuno y como preparación para un largo día de trabajo. Esto la hace un plato proletario. Nunca la he encontrado en un restaurante, siempre se vende fuera del metro, en la base de los camiones o cerca de una obra. Es comida del pueblo para el pueblo.

Quienes no conocen aún la torta de tamal, los animo a probarla. Y a los chilangos, les digo: ¡Mi más sincero agradecimiento!

Originalmente publicado como hilo de Twitter.

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