Archivo mensual: septiembre 2018

Reto: #HazUnCuentoXQuincena

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Bases del reto

El cuento podrá ser de tu propio autoría o de otro autor, pero si escoges leer el cuento de otro autor ¡revisa tener permiso para compartirlo! Encuentra cuentos de dominio público o licencia creative commons desde aquí.

No hay una extensión mínima o máxima para tu cuento. El único requisito es que sea un cuento.

Los cuentos que grabes puedes compartirlos en la plataforma que prefieras (Soundcloud, Facebook, etc.), aunque recomendamos usar YouTube por ser más sencillo de manejar.

Los temas son libres y para el público que quieras. En algunas ocasiones se propondrán temáticas, pero no es obligatorio seguirlas.

Consejos para el reto

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El tío Moy

El tío Moy no viajó por el mundo, pero casi. Visitó Tierra de Fuego, dio media vuelta y se dirigió hacia Alaska. Todo el recorrido lo hizo en bicicleta.

En la hora de la comida, mi abuelo a veces nos contaba sobre el tío Moy y de la familia Rodríguez. Eran unos excéntricos. Vivían en Tabasco. Uno tenía de mascota dos cocodrilos y otro un tigrillo.  «¡Ay, se metían a bañar con los cocodrilos en la tina!» agregaba mi abuela escandalizada, mientras imaginaba aquellas escenas con precisión.

En secundaria el tío Moy visitó Veracruz. Mi abuelo lo anunció con días de anticipación.  «Viene Moy. Se va a quedar unos días aquí». Cuando lo dijo, se movía como un cachorro poseído por la felicidad. Yo me emocioné también con la novedad. Quería conocerlo para que me contara cómo podría recorrer el continente en bicicleta. Mi abuelo sacó para la sobremesa las historias de los cocodrilos, el tigrillo y los viajes en bicicleta de Tierra de Fuego hasta Alaska.

Unos días después descubrí una bicicleta de carreras en la casa de mis abuelos, al llegar de la escuela. El corazón me saltó y los ojos se convirtieron en unos platos al verla. El tío Moy había llegado. Sentí como si hubieran escondido un dinosaurio en la casa. Puse atención a todos los ruidos de la casa para encontrarlo. Me encontraba en el piso de arriba cuando escuché un silbido que no era de mi abuelo. Este silbido estaba bien temperado y pasaba de graves a agudos con mucha facilidad, como si fuera un instrumento. «¿Quién silba tan bonito?» decía mi abuela. Era el tío Moy.

Al tío Moy me lo había imaginado delgado y atlético, pero estaba más regordete que mi abuelo. Con la ropa azul de ciclismo, parecía el planeta tierra visto desde el espacio. Las canas de la barba y el cabello completaban su atuendo. En él se veían como un casquete polar. Mi abuelo nos presentó: «Él es mi nieto, hijo de Juan. Él es tu tío Moy, mi primo». A mi abuelo le brillaban los ojos al mencionarlo.

Moy nos contó que habló con el ayuntamiento para dar vueltas en un parque por cinco horas en beneficio de los adultos mayores. «Es parte de su truco para viajar por América», pensé. «Visita los ayuntamientos y lo apoyan con una causa». Comió con nosotros y le pregunté cómo comenzó a viajar en bici. «La tomé un día y me seguí». Tenía un vozarrón. Nos contó cómo en Panamá participó en una una carrera y quedó en tercer lugar. «Soy más un ciclista de resistencia, no de velocidad», se disculpó, como si no haber ganado el primer premio pudiera romper la imagen que tenemos de él.

Mi madre me acompañó al parque donde daría vueltas al tío Moy. Mi abuelo ya estaba ahí, así como una pila de jeringas, medicamentos y pañales para adultos. Nosotros también llevamos pañales. La bici se ponchó antes de las cinco horas y no sé por qué ya no pudieron parcharla. Solo el tío Moy parecía decepcionado por lo sucedido. Todos los demás estaban muy contentos de tenerlo de visita.

No volví a saber del tío Moy. No sé si alguien le avisó de la muerte de mi abuelo. No fue al funeral. Por curiosidad busqué en Internet su nombre, para ver si algún periódico local anunciaba su recorrido por América y su campaña para apoyar a los adultos mayores. Solo encontré una esquela de Moisés Rodríguez, quien construyó una bicicleta acuática para pedalear en uno de los tantos lagos de Tabasco. Sonaba al tío Moy.

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La llanta pinchada

El primer día no pasó nada. Me entregaron la mochila, un cubo verde casi fosforescente. Para pagarla, me descontarán de mis primeras ganancias. Abrí la aplicación de entregas y esperé a recibir un pedido. En poco tiempo apareció una notificación. Acepté el encargo, pedaleé y recogí unas tortas ahogadas, el almuerzo preferido aquí en Guadalajara. Las entregué en la puerta de un departamento y me fui a casa.

El segundo día no parecía diferente. Desde la una de la tarde comencé a recibir pedidos. Entregué cuatro en tres horas. «A este ritmo, me endeudaré si compro bebidas hidratantes», pensé. Pedaleé por la ciclovía. De repente, un golpe de suerte: me estampé contra una camioneta que se atravesó en mi camino. No me lastimé. Un hombre con el aspecto de Carlos Monsiváis se bajó del vehículo y aceptó la culpa. «¿Cuánto quieres?», preguntó. «Lo que usted considere justo». Me dio quinientos pesos sin añadir nada de prosa abigarrada. Le agradecí el gesto, me santigüé y seguí mi camino.

En la noche se acabó mi fortuna. No llegó ningún pedido hasta las nueve y media, que debía entregar en una colonia desconocida. Además, briznaba. Hasta ahora, Guadalajara me ha parecido una ciudad segura, pero aquí opera el cártel de Jalisco. Encadené bien la bici cuando llegué al destino y corrí por las escaleras. Tras entregar el pedido, decidí regresar a casa, pero la noche tenía otros planes. De regreso, al doblar en la esquina, la llanta se atascó en las rejas de una alcantarilla. Acabé en el suelo. Me tomó unos minutos levantarme. Cuando lo logré, noté la llanta pinchada. Estaba en un hoyo oscuro lejos de casa. Intenté subirme al tren ligero, pero no me dejaron llevar la bici. Caminé un rato mientras pensaba qué hacer.

No podía arriesgarme a dejar la bicicleta en uno de los aparcamientos de la alameda. Una noche es tiempo suficiente para cortar el candado con una segueta. Mi bicicleta valía el esfuerzo. Busqué una cafetería nocturna hasta que me ganó el hambre. Me paré a comer en un puesto de la calle. Dos sujetos voltearon a ver la mochila de repartidor. Uno se parecía a Jorge Volpi. El otro era una versión morena y sin lentes de Bolaños. Volpi comenzó la conversación. «¿Te va bien con las entregas?». Di un suspiro. «Ni tan bien», contesté. «Yo sé dónde hay un taller de bicicletas», me dijo Volpi. Bolaños le señaló que a esta hora ya debía estar cerrado. «¿Qué no me conoces?» le responde. «Si a mí medio mundo me debe favores». El del puesto de comida me aseguró que Volpi era de confianza. No me tranquilizó, pero no tenía mejores opciones. Crucé la calle con ellos y atravesamos una puerta metálica.

Los tres entramos a una vecindad. En el patio había una mesa donde dos hombres rechonchos jugaban ajedrez. Volpi los saludó. «Bienvenido al torneo nocturno». Continuamos hacia una habitación con tres camas y un muchacho concentrado en una pipa de cristal. Lo imaginé como personaje de José Agustín. «Para acelerar las cosas, quítale la llanta y la llevo al taller», ordenó Volpi. Lo obedecí. Saqué la rueda y se la dí. Volpi tenía su propia bicicleta. La montó y se puso la rueda pinchada al hombro. «Te dejo con buena compañía», dijo y se fue. Observé a Bolaños y a José Agustín. «Y ustedes, ¿a qué se dedican?», pregunté solo por conversar. José Agustín me mostró las drogas que estaban en una cómoda y dijo, como si fuera obvio: «Pues a esto». Bolaños sacó una pipa con mota y me la ofreció. Rechacé su invitación. «Me duerme», confesé. «Pon algo de música para ver qué te gusta», me indicó Agustín. Saqué el celular y puse a Rag’n’ Bone Man. Le gustó y me ofreció la pipa con hielo. Yo quería estar alerta. Acepté. Poco a poco nos acostumbramos a nuestra compañía. José Agustín quería platicar de rock conmigo. «¿Sabes quiénes son?» preguntó cuando sonaba Bohemian Rhapsody de Queen.

A Bolaños le interesaba más mi celular. Me ofreció seiscientos por él. Negué con la cabeza. Luego ofreció seiscientos y un teléfono, hasta llegar a mil pesos y un teléfono. El celular me había costado mil quinientos. Su oferta era demasiado buena. El dinero me hacía falta. «Solo déjame revisar ese teléfono», le dije. Tenía que comprobar que me servía para el trabajo. Me servía.

Volpi regresó sin la llanta de la bicicleta. «Me dijeron que estaría en una hora. Mientras, podemos tomarnos unas cervezas». No quería embriagarme, pero tampoco quería verme demasiado desconfiado. Pedí una lata nada más. Volpi se fue otra vez y tardó en regresar. Trajo las cervezas. La llanta seguía ponchada. «Me quedaron mal», se disculpó. Conversé un rato con ellos. Me hablaron sobre lo horrible que es estar en un centro de rehabilitación. Bolaños acababa de escaparse de uno. «¿Ahí se conocieron?», les pregunté. «No, somos del mismo barrio», me dijeron. Conformé pasé tiempo con ellos, mis preocupaciones se disiparon.

Cuando salí del cuarto ya nadie jugaba ajedrez. El torneo nocturno había acabado. Eran casi las siete de la mañana. Ya había salido el sol. Caminé con más confianza por las calles del centro. Dejé la bicicleta encadenada en un aparcamiento y entré a una cafetería. El mesero se parecía a José Emilio Pacheco. Pedí un americano y una pieza de pan dulce, mientras pensaba lo extraña que había sido la noche. Recordé a Alicia en el país de las maravillas . «En lugar de caerme por una madriguera, me caí por una alcantarilla», pensé mientras observaba cómo el poeta me servía una taza de café. No me había ido mal, después de todo. Gané mil quinientos pesos en una solo noche.

Acabé de desayunar y busqué mi bicicleta. Le faltaba una rueda, la que no estaba pinchada. Alguien se la había robado.

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El recorrido

Día 0

A Cuernavaca llegué con un corazón roto, una bici de acero, una mochila de acampar y unos cuantos pesos. Pagué el cuarto más barato que pude encontrar. Dormí mal. Las cucarachas no dejaban de vigilarme.

Día 1

Llegué temprano al parque para inscribirme en el recorrido. Me dieron el jersey más pequeño que tenían. Me quedaba guango. Yo era el único sin una bicicleta profesional y sin ropa deportiva. Desde el principio me coloqué en la retaguardia. Me pisaban los talones el doctor, un médico cirujano con problemas del corazón; el abuelo, un señor de ochenta años que no hablaba casi porque se le salían los pulmones, y la barredora.

Acampamos cerca de un piscina. Comí una lata de atún y me dormí temprano.

Día 2

A Pepe Díaz le dicen el “Bajaditas” porque se apea de la bici en la subidas y la vuelve a montar en las bajadas. Empezó en el primer grupo, pero ahora pedaleamos casi juntos. Es maestro de Tae Kwon Do, me dice. Me aconseja cómo hacer lo cambios de velocidades. «Mantén el mismo ritmo siempre, así te cansas menos».

Día 3

El tramo más complicado se acerca: cuarenta kilómetros pendiente arriba. La autopista del Sol hace justicia a su nombre. Durante casi cuatro horas de pedaleo, no hay árboles o colinas que hagan sombra. Pasamos por la depresión del río Balsas. «Después de este tramo, todo es bajada», nos informan. Pepe se emociona.

A mi bici le falla la cadena. «¿Te quieres subir?», me preguntan en la barredora. «No, pero mi bici ya no aguanta». Me bajaron de la camioneta una bici de aluminio. Me quedaba un poco grande, pero pedaleaba mucho más rápido. Pronto me acerqué al tercer grupo

Después de 30 kilómetros, nos dicen que lo peor ya está por pasar. En el descanso, uno del segundo grupo le dice a su compañero: «¡No! ¡Aunque me digas que ya todo es descenso, yo no me subo más!». Sonrío. El primer día me comparé con ellos. Son altos y fornidos; yo, pequeño y enclenque, pero resistir no es cuestión de fuerza, sino de voluntad.

Dormimos en Chilpancingo. Mañana pedaleamos el último tramo.

Día 4

Salimos apenas se mostraba el sol. El aire se sentía fresco. Atravesamos Guerrero, estado poblado por montañas y guerrilleros. Todo empezó durante la Independencia. En sus colinas se escondía el ejército Insurgente, liderado por Vicente Guerrero. Luego, le siguió Guadalupe Victoria. Ambos eran mulatos, como casi todos en la costa chica. Ahí llegaríamos.

Pepe Díaz se detuvo en una palapa y nos dijo que ahí bebían la cerveza obligatoria. “Jarocho, ¿te vas a tomar una?”. Me dice jarocho porque soy de Veracruz. “Pues si es la obligatoria, ¿qué otra opción me queda?” le respondo con falsa resignación. Nos sentamos en una mesa desvencijada de madera. Pedimos una barrilitos, que con el calor y un poco de limón sabían deliciosos.

En la parte final ya me sentía un poco sedado, pero llegué entero a la playa. Instalé la casa de campaña antes de que el sol se ocultara en el océano Pacífico. Me dirigí a la palapa donde estaba casi todo el pelotón. «¡Ahí está el jarocho!», me dice Pepe Díaz. «Siempre creí en ti. Estos aseguraban que te subirías en la barredora» e inquisitorial, señala al resto. «¿En serio?», pregunto. Recuerdo que soy chaparro y enclenque. Nada atlético. ¿Quién apostaría por mí? Pero lo que me falta de músculos me sobra en voluntad. Me sentí orgulloso de mí. Logré acabar 400 kilómetros de recorrido con un corazón roto y una bicicleta de acero. Nada mal.

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Trompicones

Si aprendí a andar en bicicleta, fue gracias a mi orgullo y a mi hermana.

A mi hermana le apodamos “Rana” por sus grandes ojos . Cuando la recuerdo de niña, me la imagino chimuela, con pantalones de mezclilla rotos, camisa desacomodada y el cabello largo y desordenado. Era broncuda. No le importaba que yo fuera dos años mayor que ella, mucho menos que fuera hombre, se ponía al tú por tú conmigo. Y siempre agarraba mis cosas, sin permiso.

Así un día la descubrí con un desarmador y con mi bicicleta. Le quitaba las ruedas de apoyo. Yo casi no la usaba, menos aún me atrevía a quitarle las rueditas de los lados. «¿Qué haces?». «Quiero aprender a andar en bici», me dijo. Yo la miré tan empeñada que no le reclamé nada. Ya sin las ruedas laterales, salió al patio de la privada y comenzó a darse de trompicones.

Desde la puerta de la casa, observé cómo se caía una y otra vez. Los raspones no la intimidaban. Además, la ropa rasgada estaba de moda. No se cansó hasta que comenzó a guardar el equilibrio cada vez a mayor distancia. Entonces, me preocupé. ¿Mi hermana menor iba a aprender a andar en bici antes que yo?

Le pedí que me diera la bici. Finalmente, era mía. Ahora nos turnábamos. Ella pedaleaba hasta caerse. Luego, me tocaban a mí los raspones. Y así, en competencia fraterna, cada uno aprendió a rodar.

«No me acuerdo de nada de eso», me dice mi hermana ahora. Los dos somos un desastre, cada quien a su manera. A cada rato metemos la pata con ganas, pero ahí estamos para señalarnos nuestros errores.

Aún aprendo de ella. Se cae, se levanta y lo vuelve a intentar.

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