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Dos libros sobre la tragedia de ser niño

Aritmética simple: el ataúd es más barato que la medicina. Esta operación matemática era parte de la vida cotidiana de las comunidades zapatistas cuando un niño se enfermaba. En los primeros comunicados de la comandancia repetían la lección para recordar por qué era necesario levantarse en armas y por qué era importante continuar la lucha.

Ser niño no es sinónimo de alegría si naciste en la cuna equivocada. A algunos se les prohibió la infancia; a otros más se les castigó por no tener la mayoría de edad. Es historia antigua. Existen dos referencias bíblicas —de dudosa veracidad— sobre  dirigentes políticos que ordenaron la matanza de los infantes: Herodes y el Faraón. Sean historias reales o no, es sabido que en los momentos de crisis nunca les ha ido bien y han sido constantes víctimas en las guerras.

Dos autores contemporáneos abordan esta tragedia pasada y presente de manera distinta, pero ambos escriben para los mismos niños: Ricardo Chávez Castañeda y Dirk Reinhardt.

Ricardo Chávez Castañeda recorre la cruel historia de la infancia en El libro de la negación, contada también con la ayuda de una atrevida ilustración de Alejandro Magallanes. El protagonista descubre que su padre anota en una libreta cosas terribles: matanzas, torturas o amputaciones contra los niños. No se explica como pueden sus manos escribir todo eso e intenta destruir la libreta.

Porta del El libro de la negación, escrito por Ricardo Chávez Castañeda y diseñado por Alejandro Magallanes. Editorial El Naranjo

El libro de la negación, editorial El Naranjo

El recuento histórico de Chávez Castañeda incluye la matanza de Herodes y los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Es un tema difícil de abordar y para mí, quedó a deber: «Esto debería destrozarte el corazón cuando lo lees», pienso. Quizá el problema se encuentra en cómo decide abordarlo: la ennumeración de una serie de injusticias y la impresión que causan en un niño enterarse de ellas.

Aún así, no puedo evitar recordar en estos momentos a El libro de la negación. No quiero escuchar el llanto de los niños que son separados de sus padres en la frontera. No quiero comprobar que los meten en jaulas. No quiero saber los detalles. Y minimizo el asunto. Con tono de historiador erudito me digo: «esto ya ha pasado antes. Es más, pasa a diario de modos distintos». «No por eso es inadmisible ahora, como debió serlo antes», me respondo para obligarme a no voltear la vista.

Todavía hoy en día, en alguna parte del mundo, hay niños que son obligados a participar en conflictos bélicos, a ceder sus órganos, a prostituirse o simplemente a morir de hambre. Nadie alcanza a grabar sus llantos para que volteen a verlos. Nadie exige a ningún gobierno que actúe con firmeza y se pronuncie en contra de estos actos. ¿Podríamos vivir tranquilos si pensáramos en ello diario? El libro de la negación responde: No.

Antes de llegar a la frontera, las familias ahora separadas por las políticas migratorias de Donal Trump tuvieron que cruzar México. Y en muchos casos, este viaje lo hicieron los niños completamente solos. En Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, el escritor alemán Dirk Reinhardt cuenta en una novela la historia de cuatro jóvenes que viajan a Estados Unidos para reencontrarse con sus padres. Reinhardt se enfoca en un problema contemporáneo para hablar de la dificultad de ser niño y escoge otra forma de presentar hechos reales: personifica a las víctimas y las convierte en los héroes de una historia de aventura.

Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, escrito por Dirk Reinhardt, editorial B de Blok

Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, editorial B de Blok

Aunque prefiero el acercamiento de Reinhardt, los dos libros juntos dan una perspectiva completa sobre ser niño en un mundo donde todavía quedan muchas injusticias por resolver: Chávez Castañeda presenta una visión global e histórica, mientras que Reinhardt una particular y presente. Son dos formas de generar empatía por el otro.

Por cierto, en los últimos comunicados de la comandancia, los zapatistas han destacado que gracias a las clínicas gestionadas por ellos mismos, la mortalidad infantil en su territorio se ha reducido. Otro mundo sí es posible.

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La realidad que ofende

Mi conexión a Internet es mala y no tengo televisión. De la espectacular entrega de los Óscares no supe mas que por Twitter, la T.V. del hombre posmoderno. Este medio tiene la ventaja de resumir en tiempo casi real lo más relevante de un evento.

Poco podía comentar sobre la entrega de los premios de la Academia. Me pude dar cuenta de que no he visto ninguna de las películas nominadas y que el año pasado me dediqué a ver solo películas clásicas disponibles en línea. Mi seguimiento del evento por Twitter carecía de muchos referentes. En específico, no podía entender por qué varios se sentían ofendidos por un comentario de Sean Penn. Pasó un rato para que encontrará un extracto del momento en que el actor, al anunciar el tercer premio de Alejandro González Iñárritu, espetara en evidente tono de sorna: “¿quién le dio la green card -documento necesario para trabajar en Estados Unidos como migrante -a este hijo de perra?”

¿Fue un comentario ofensivo hacia González Iñárritu, o insensible hacia una comunidad que ha sido estigmatizada y perseguida? Además, se inserta en el contexto de la decisión reciente de un juez texano que declara ilegal la medida de Barack Obama para normalizar la situación laboral de muchos migrantes en Estados Unidos.

En contraste con el comentario de Sean Penn, quien actuó bajo la dirección de González Iñárritu en 21 gramos, el galardonado aprovechó el podio para hacer una tibia referencia a la situación de los migrantes en Estados Unidos. No se sintió ofendido por su comentario.

Quiénes sí se ofendieron tienen buenas razones. Pero no por el chistorete de Sean Penn, sino por la realidad que le permite existir. Los norteamericanos se sienten amenazados por los migrantes, que “les quitan su trabajo” ; y
ahora, los premios por su trabajo. Ni Lubezki, ni González Iñárritu hubieran sido premiados si no hubieran obtenido su green card.

En términos generales, la situación de Lubezki y González Iñárritu no es muy distinta a la de un jornalero. A falta de oportunidades laborales, van a buscar la suerte en el gabacho para sus proyectos cinematográficos.

El éxito que han tenido Alfonso Cuarón, González Iñárritu y Emmanuel Lubezki alientan a seguir sus pasos, como lo hace el paisano que regresa en su troca al pueblo de donde salió para financiar la fiesta, prueba de su éxito. Las historias de fracaso no son tan difundidas, al menos que alguien la adopte como tema para una película que seguramente tendrá poco éxito, porque no nos gusta que nos recuerden la realidad  -como lo hizo Sean Penn con su chiste -porque es una realidad que ofende.

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