Dos libros sobre la tragedia de ser niño

Aritmética simple: el ataúd es más barato que la medicina. Esta operación matemática era parte de la vida cotidiana de las comunidades zapatistas cuando un niño se enfermaba. En los primeros comunicados de la comandancia repetían la lección para recordar por qué era necesario levantarse en armas y por qué era importante continuar la lucha.

Ser niño no es sinónimo de alegría si naciste en la cuna equivocada. A algunos se les prohibió la infancia; a otros más se les castigó por no tener la mayoría de edad. Es historia antigua. Existen dos referencias bíblicas —de dudosa veracidad— sobre  dirigentes políticos que ordenaron la matanza de los infantes: Herodes y el Faraón. Sean historias reales o no, es sabido que en los momentos de crisis nunca les ha ido bien y han sido constantes víctimas en las guerras.

Dos autores contemporáneos abordan esta tragedia pasada y presente de manera distinta, pero ambos escriben para los mismos niños: Ricardo Chávez Castañeda y Dirk Reinhardt.

Ricardo Chávez Castañeda recorre la cruel historia de la infancia en El libro de la negación, contada también con la ayuda de una atrevida ilustración de Alejandro Magallanes. El protagonista descubre que su padre anota en una libreta cosas terribles: matanzas, torturas o amputaciones contra los niños. No se explica como pueden sus manos escribir todo eso e intenta destruir la libreta.

Porta del El libro de la negación, escrito por Ricardo Chávez Castañeda y diseñado por Alejandro Magallanes. Editorial El Naranjo

El libro de la negación, editorial El Naranjo

El recuento histórico de Chávez Castañeda incluye la matanza de Herodes y los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Es un tema difícil de abordar y para mí, quedó a deber: «Esto debería destrozarte el corazón cuando lo lees», pienso. Quizá el problema se encuentra en cómo decide abordarlo: la ennumeración de una serie de injusticias y la impresión que causan en un niño enterarse de ellas.

Aún así, no puedo evitar recordar en estos momentos a El libro de la negación. No quiero escuchar el llanto de los niños que son separados de sus padres en la frontera. No quiero comprobar que los meten en jaulas. No quiero saber los detalles. Y minimizo el asunto. Con tono de historiador erudito me digo: «esto ya ha pasado antes. Es más, pasa a diario de modos distintos». «No por eso es inadmisible ahora, como debió serlo antes», me respondo para obligarme a no voltear la vista.

Todavía hoy en día, en alguna parte del mundo, hay niños que son obligados a participar en conflictos bélicos, a ceder sus órganos, a prostituirse o simplemente a morir de hambre. Nadie alcanza a grabar sus llantos para que volteen a verlos. Nadie exige a ningún gobierno que actúe con firmeza y se pronuncie en contra de estos actos. ¿Podríamos vivir tranquilos si pensáramos en ello diario? El libro de la negación responde: No.

Antes de llegar a la frontera, las familias ahora separadas por las políticas migratorias de Donal Trump tuvieron que cruzar México. Y en muchos casos, este viaje lo hicieron los niños completamente solos. En Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, el escritor alemán Dirk Reinhardt cuenta en una novela la historia de cuatro jóvenes que viajan a Estados Unidos para reencontrarse con sus padres. Reinhardt se enfoca en un problema contemporáneo para hablar de la dificultad de ser niño y escoge otra forma de presentar hechos reales: personifica a las víctimas y las convierte en los héroes de una historia de aventura.

Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, escrito por Dirk Reinhardt, editorial B de Blok

Los niños del tren: La bestia y el sueño imposible, editorial B de Blok

Aunque prefiero el acercamiento de Reinhardt, los dos libros juntos dan una perspectiva completa sobre ser niño en un mundo donde todavía quedan muchas injusticias por resolver: Chávez Castañeda presenta una visión global e histórica, mientras que Reinhardt una particular y presente. Son dos formas de generar empatía por el otro.

Por cierto, en los últimos comunicados de la comandancia, los zapatistas han destacado que gracias a las clínicas gestionadas por ellos mismos, la mortalidad infantil en su territorio se ha reducido. Otro mundo sí es posible.

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Guanábana dulce

Casi no volteo a ver el jardín de mis abuelos cuando voy de visita. Está deshecho. El pasto se secó por completo hace más de diez años y solo queda un montón de tierra negra. Sin embargo, algunas plantas aún crecen. Las mañanitas florean en los bordes. Un pequeño árbol sobrevive en una de las jardineras. Y junto a unos arbustos, hay un guanábano.

«¿Quién trajo ese guanábano?» le preguntó mi tía Ana a Güicho. «Lo trajo Paulo», le respondió. Yo, la verdad, no me acuerdo haber plantado un guanábano en la casa de mis abuelos, aunque puede ser. Me la pasaba mucho tiempo en ese jardín.

Jardín descuidado, sin pasto. Dos arbustos y un árbol de guanábanas o guanábano.

Cuando iba en preescolar, me dedicaba a regresarle sus hojas delgadas y rasposas a las ramas del pino, ahora ausente. Como todo pino, nunca se quedaba sin hojas, ni en invierno, pero a mis cuatro años jamás había escuchado la palabra «perenne». A mí me habían dicho en la escuela que en invierno se caen las hojas de los árboles y en la primavera les salen. Pensé que, si de alguna manera impedía que perdiera todas sus hojas un árbol, el otoño nunca llegaría.

Después de que murió mi abuelo, ese pino poco a poco tomó un tono dorado marrón. Por primera vez perdió todas sus hojas y, ¡zás!, lo cortaron.

Había otro pino que llegó al jardín por mí. Me lo dieron en una campaña de reforestación cerca de mi primaria. Era un pino feo, parecía un alambre torcido con solo unas cuantas hojas que le crecían como pelos parados y verdes. Por su tronco chueco, era claro que solo causaría problemas. Desde que lo planté, intuí que su destino era ser cortado. No recuerdo haberle pedido permiso a nadie para sembrarlo, sentí que no me dejarían. Me dirían lo mismo que cuando pedía un cachorro: «Muy bonitos de pequeños, pero al crecer, nadie podrá hacerse cargo de él». Por eso lo puse en la esquina del jardín y esperé a que creciera en silencio y sin llamar la atención. Así pasaron los años. Volteaba a verlo de vez en cuando y observaba cómo sigilosamente empujaba la barda. Después de que mi abuelo falleció, mis tíos lo notaron en la esquina del jardín, cerca de la calle y de la casa del vecino. ¡Zás! También se fue.

Luego sembré una semilla de girasol. Era menos problemática que un árbol, así que me olvidé pronto de ella. A los quince días estaba erguida y con sus pétalos amarillos dirigidos al astro. Yo estaba impresionado. Para mí, fue como si saliera de la noche a la mañana. Me senté un rato en frente de la flor para comprobar que en verdad giraba con el sol. Era como apreciar el horario —la manecilla más corta del reloj. Volví a olvidarla hasta que se marchitó.

Me decepcionó un poco que se marchitara la flor. No sabía nada de flores. Quería observar de dónde sacaban los girasoles sus semillas. Suponía que salían justo de en medio de la flor y que un día la tiraban. No vi ninguna semilla tirada. Murió la flor y después no supe qué pasó con la planta ni con sus semillas. No volví a sembrar girasoles.

En otra ocasión enterré una pata de pollo. No esperaba que crecieran pollos o patas de pollos enmoladas después, por supuesto. Solo pensé que con el tiempo, esa pata se fosilizaría. No lo vería, alguien más lo haría dentro de mil, diez mil, cien mil o un millón de años. Me parecía de suma importancia enterrar ese pollo en el jardín pues no entendía de qué otra manera, después de extinta la humanidad, la gente del futuro —que no serían humanos, por supuesto— podría saber de la existencia de los pollos. Y saber que nos los comíamos. Todo lo que necesitaban saber estaba en esa pata mordisqueada por mí. La dejé limpia y preparada para el porvenir.

Supongo que ese proyecto se cebó. Los perros de la casa escarbaban seguido en la tierra. Cada que los veía husmeando, pensaba que descubrirían la pata de pollo y la verían como un botín, arruinando así mi legado fósil.

Me acuerdo de todo eso, pero la verdad, no recuerdo haber plantado nunca un guanábano. Sí recuerdo que a mi abuelo le encantaba el agua de guanábana, pero casi no la tomaba porque la guanábana es difícil de conseguir fuera de temporada y suele ser muy cara.

A mí no me encantaba el agua de guanábana. Me gustaba su sabor, pero me fastidiaba encontrarme con una semilla en cada sorbo. Me parecía molesto chupar la semilla para quitarle toda la pulpa. Sin embargo, como a mí abuelo le gustaba tanto, trataba de disfrutarla como él lo hacía, ignorando los inconvenientes mientras juntaba las semillas sobre una servilleta. Sí después enterré las semillas en el jardín; no lo sé, pero puede ser. Suena a algo que hubiese hecho de niño. Quizá sembré las semillas para que después mí abuelo tuviera las guanábanas que quisiera. Quién sabe si fue así, pero ahora hay un guanábano en el jardín y me señalan como el responsable.

Semillas de guanábana sobre una servilleta

«Ha estado dando tantos frutos el árbol que ya solo se caen, Paulo. Hay un montón ahí tirados que nadie se comió ya», me cuenta mi tía.

Llevo unos días en la casa de mis abuelos y apenas veo bien el jardín. Reconozco el guanábano y me trepo al árbol para bajar uno fruto maduro. No es un árbol muy grande, pero ya solo hay guanábanas en la copa. Su tronco tiene varios machetazos y está lleno de hormigas negras y pintas que me pican mientras avanzo sobre el tronco. No puedo bajar la guanábana con la mano, cae directo al suelo. La recojo, la llevo a la cocina y la pongo en un plato. En el lavabo, le quito la tierra, las hojas secas y las hormigas que se le pegaron al caer. Me preparo con ella un licuado. En cada sorbo, siento una semilla que chupo y pongo en una servilleta. Al terminarme el licuado, veo el montón de semillas en la servilleta. Por un momento pienso en sembrarlas, pero me digo: «No tiene caso. Mi abuelo murió hace más de diez años».

Fruta de guanábana sobre un plato.

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Cómo la luz nos arruinó la noche

No pensaba en escribirte. Pensaba en la luz de los focos. Me quedé despierto por trabajar y dejé la luz del cuarto encendida. Mi sobrino quiso dormir conmigo, pero como yo no pensaba dormir, él se quedó acostado en un sillón, tapándose los ojos con el brazo.

Me sentí un poco culpable al verlo. Algo leí sobre dormir con la luz encendida. Perjudica al sueño. Entonces comencé a pensar en cómo la luz de los focos arruina el cielo estrellado. Sin darme cuenta, mi pensamiento se acercaba poco a poco a ti.

A mi sobrino le gusta subir a la azotea «para ver las estrellas», dice. Aquí no es la ciudad de México, pero no es un buen cielo. Creo que se conforma demasiado. Tiene nueve años y no ha viajado mucho. Es como yo: le basta reconocer a Orión y su cinturón para sentirse contento.

“Debería existir un texto que nos hablara sobre cómo la luz nos arruinó la noche”, pensé cuando lo veía dormir. Como no conozco ninguno, me dispuse a escribirlo.

No sabía cómo empezar. Quizá con un relato de la zona norte de Chiapas, donde vi por primera vez una estrella fugaz. Me levanté a mitad de la noche y todos los compas estaban absortos, con la cabeza levantada, viendo hacia el cielo. Tú sabes que ellos se levantan muy temprano, por lo que me pareció muy extraño verlos tan tarde despiertos. Recordé que los choles siempre han sido un pueblo de astrónomos y me sentí acompañado junto a ellos. En algún momento vi pasar a una estrella fugaz. No volví a ver una en mucho tiempo.

“Podría empezar por ahí y después señalar que la noche no es tan oscura”, me dije. Apareciste en ese momento en mi mente. Los dos, a trompicones, caminábamos a tientas cuesta arriba. Tú ibas al frente. Esa noche no me parecía tan oscura, aunque sí era muy fría. Nos sentamos en la terracería a ver las Leónidas. Nunca antes vi tantas estrellas fugaces. Regresamos helados a la cabaña. Me pediste ayuda para calentarte y…

Planeaba recordar después las noches con mi telescopio en Veracruz, pero ya no quería escribir sobre la luz y la noche, solo quería escribirte y compensar un poco todo lo que en los últimos meses no nos hemos dicho.

No sé si te llegue este mensaje. No me atrevo a enviártelo directamente. Me duele no entender qué pasó. No quiero mortificarme pensando qué responderás. Si no dices nada, prefiero creer que nunca lo recibiste. Y quienes lo lean sin saber a quién me dirijo, que se convenzan que solo es un ardid para hablar de la luz y la noche.

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Calor y sopor

En Veracruz todos los días hace calor y aún así la gente comenta que qué día tan caluroso.

En la ciudad de México nunca hace calor, aún así algunos días comentan que qué día tan caluroso.

En Guadalajara no sé si siempre haga calor. Ahora es primavera. A las cuatro de la tarde todos están empapados, pero nadie se atreve a señalar lo obvio. Qué calor hace.

Aquí no entiendo al sol. Son las cuatro de la tarde, pero los rayos nos pegan como si fueran entre las doce y las dos.  Tratamos sin mucho éxito de protegernos con la sombra de los edificios. Mi sobrino se tambalea al caminar. Cuando fui a recogerlo, se encontraba de cuclillas con la cabeza entre las piernas, durmiendo.

Al subirse al camión, Luis Ángel escoge el lado de sol, no sé por qué. Miro de reojo a los pasajeros. El calor los venció ya. No intentan refrescarse ni un poco. Los peinados de las mujeres están arruinados, como si les hubieran echado un balde de agua salada encima. Solo el chongo de una señora parece haber sobrevivido. Sin embargo, la señora se rindió al sopor. Su cuello trata de hacer una L, mientras el chongo se mueve como una boya con el balanceo del camión.

Mi sobrino se recuesta sobre mí y se duerme. Yo echo para atrás la cabeza y lo sigo. No despertamos hasta que nos encontramos a unas cuadras cerca de la bajada. Me cuesta hacer que se levante. Se para, camina y brinca ya en la bajada. Siento como si se fuera a ir sobre las ruedas del autobús. Aunque me asusto, no le digo nada.

Las calles de la colonia están empedradas. Mi sobrino se tambalea aún más entre las piedras. Me imagino en un western. Guadalajara siempre me ha parecido nombre de western.  Veo a una cuadra a un señor en triciclo. Suena su campana. Me quejo.

«¿Qué vende? ¿Vende nieves? ¿Cómo voy a saber qué vende si no lo grita?». Ángel, como si mi comentario le hubiera molestado, me señala «¡Tío, aquí la gente no grita!».

Desde una camioneta llaman al señor del triciclo, que se voltea y deja ver un cartel que dice “Nieve y tejuino”. Una niña se baja emocionada mientras cantalea suavecito: «¡Te-jui-no!»

Se me antoja el tejuino, aunque no sé qué es. Quizá alguna vez lo probé. ¿En Oaxaca? Me lo imagino como un agua fría con un poco de cocoa, con grumos. Me aguanto la curiosidad y sigo adelante. Pienso en lo que dijo Luis Ángel, que la gente de aquí no grita. Me siento un poco mal porque sé que no estoy en casa, pero no estoy en casa porque en casa nunca me siento en casa.

Ángel y yo nos recostamos al llegar y nos quedamos dormidos. Ya no vemos el anochecer. Aquí el sol se mete hasta las ocho y media. Demasiado noche para mi gusto, aún para ser horario de verano.

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Número cabalístico

“Tiene quince días que llegué aquí”, me dijo el cerrajero. Se ve chavo, pero me dice que ya tiene siete años en el oficio. Me cuesta creerle, no solo porque se ve chavo.

Se tardó casi una hora en abrirme la puerta. “Esa chapa está perra”, me había advertido en un inicio. “¿Ah, sí? La abrieron en otra ocasión en corto”. Pensé que quería chorearme.

Sacó sus herramientas. Metía y sacaba ganchos como si viera cuál quedaba, pero ninguno hacía mover la tranca. Él perdía la paciencia y yo con él. Quería que la puerta ya se abriera e irme.

En la casa tenía las maletas casi listas. Tiraba un par de cosas a la basura, levantaba otras, tomaba mis cachivaches y a la mierda. Pero dejé las llaves dentro de la casa, con el celular. Pasaban de las ocho y media. Llamé desde un teléfono de monedas a una cerrajería y me senté a esperar.

Soy olvidadizo y recurro a los cerrajeros seguido. No estoy acostumbrado a que sean tan jóvenes. Traté de no desesperarme cuando mentaba de rodillas frente a la puerta. Me llamaba “camarada” y solo por eso me esforcé en no perder los estribos. Me imaginé que era comunista, aunque lo decía con demasiada naturalidad, como un “huey”, un “loco”, o un “compi”.

La puerta se abrió y me apresuré en despacharlo. Me faltaban doscientos cincuenta pesos para pagarle, así que me acompañó al banco. Platicamos en el camino. Me preguntó si aún alcanzaría metro y cómo podría llegar. Supuse entonces que no era de aquí, pues a las diez y media se preocupaba por no alcanzar transporte.

Le dije que tampoco soy de esta ciudad. “Soy de Veracruz, pero ya tengo quince años viviendo aquí”. Fue ahí cuando me confesó que él tenía solo quince días en la ciudad.

“Llegué para aprender más. En León no hay tantas chapas de seguridad. Haz de cuenta, allá me tocaba abrir unas siete a lo mucho cada mes. Mientras que aquí en esta semana ya llevo ocho”.

“Pues yo ya me voy de aquí”, le dije. “Espero no volver”. Y el corazón se me apachurró un poco. Me costaba creer que ya me iba. Quince años, después de todo, son un chorro.

Llegué a la terminal con más maletas de las que podía cargar. No creo en la cabala o en la numerología, pero cuando el camión salió, hacía pocos minutos que había comenzado el quince de mayo.

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Un día mágico entre varios malos

Inhalo. Inhalo. Exhalo. Exhalo. Pienso que ha sido otro día malo, como han sido tantos en este último mes. “Soy un desastre”, me digo. Quisiera desquitarme con Fortuna, con Caos, con quien parezca tener la culpa de mi torpeza. Me veo en el espejo y reconozco que soy el único responsable de este desorden.

He engordado bastante en este último mes. Como y bebo sin medirme. Veo mi cabello desaliñado, mi ropa holgada y me comparo con quienes caminan por la calle. Todos son más altos, más fuertes, más guapos. Su ropa está planchada, aseada. No puedo ser como ellos. Ya ni lo intento. Recuerdo cada vez que intenté vestir una camisa elegante y me tiraba un poco de comida encima. “Soy un desastre”, me digo. Uno zapatos bien boleados no me durarían. Una camisa de vestir se me descosería en unas cuantas puestas.

Me sentí un desastre toda la semana, excepto ayer.

Desperté temprano el sábado. Me acosté tarde el día anterior, pero había quedado con Karina para ir a Los Dinamos. La esperé afuera del metro y tomamos un camión que sube por toda la avenida San Jerónimo.

En Los Dinamos corre el único río vivo que tiene Ciudad de México: el río Magdalena. Lo entuban para surtir de agua potable a una pequeña parte de la ciudad, pero en la reserva aún se encuentra libre. Caminamos un par de horas cuesta arriba. A pesar de haber dormido poco, no me sentía cansado, pero Karina quería regresar porque a las dos su perro, Claudio, empezaría a inquietarse en la casa. “Lo tengo que pasear”.

El camión de regreso baja sobre el río Magadalena. En ese tramo, el río ya se encuentra domado y corre silencioso bajo la calle. Excepto en época de lluvias, nadie lo nota. Karina regresó a su casa. Yo no quería volver al departamento que cada vez se encuentra más abandonado. Entonces, fui a la Cineteca. Quería ver una película, pero no podía sentarme sin cabecear. Me recosté en el pasto y me quedé dormido.

Casi después de despertar, reconocí a lo lejos a una compañera de la carrera, Jocelin. Iba acompañada de otra chica más. Contrastaban un poco. Jos vestía sandalias y una blusa de algodón, ligera y con tirantes. Su amiga traía un vestido dominguero de color durazno. La saludé a lo lejos, pero no me vio, así que me acerqué hasta pararme detrás de ellas.

Nos saludamos: “Hooola, ¿cómo estás?” “Bien, gracias. Y ¿tú?”, y así prosiguió la conversación hasta que me dijeron que iban a pagar el estacionamiento porque les salía más barato en taquilla. No habían encontrado boleto para una película de Wes Anderson.

“Yo vengo a ver Sueño en otro idioma, pero antes me dormí un rato para no dormirme en la película”, les dije. Llegamos a la taquilla y nos quedamos los tres en silencio. La cajera nos vio extrañada, hasta que me dijeron “pues pide tu boleto”. “Ah, sí. Uno para Sueño en otro idioma.” “¿Boleto de estacionamiento?” “No”. “¡No, sí, sí!” dijo Kari, la amiga de Jos. “Ah, sí, sí. El Cadillac. Casi nunca lo saco y se me olvida que tengo uno”, le dije a la cajera que se aguantaba la risa.

Faltaban tres horas para la película. Kari y Jos planeaban pasear un rato por Coyoacán, ahora que podían tener indefinidamente el auto en el estacionamiento. Las acompañé. Esperaban a una amiga para tomar cervezas artesanales más tarde, a la vuelta del Cenart. En el mercado platicamos de lingüística, de educación, de metas y de desilusiones. En el mercado, se unió su compañera. Caminamos por el centro después de comer unas tostadas.

“¡Papas!”, escuché a lo lejos. Volteé hasta que vi a Chota y a Manolito a lo lejos. Se acercaron a mí. Comenzaba a chispiar, pero no nos importó mucho. Jos y sus amigas se metieron a la puerta lateral de la parroquia, mientras Manolito, Chota y yo nos poníamos al tanto de las novedades. Chota se iría pronto a Europa sin un quinto, pero un montón de libretas para vender. Manolito me comentó que tomaba unos medicamentos después de intentar cortarse el brazo. Yo le mostré mi llavero-pastillero y le dije que lo entendía. Sonreímos porque sabíamos que los tres entendíamos. No se necesitan palabras de apoyo cuando te hacen sentir acompañado.

Nos reintegramos al grupo de Jos. “Ellos van también cerca del Cenart, ¿les pueden dar un aventón?”, les dije. “¡Claro!”. Ahora éramos un grupo de seis personas. Nos apretujamos en un carro para regresar a la Cineteca. Pensamos en esa escencia que tiene Coyoacán que permite esta clase de encuentros fortuitos, algo de lo que carecen la Roma y la Condesa.

Cada quien tomó su rumbo poco a poco, hasta que me quedé solo en el cine a ver la película. Pensé que fue un día mágico entre tantos malos que he tenido últimamente. La película me encantó. Sin embargo, de regreso en el metro me sentía otra vez  sin rumbo y con ganas de dejar de existir. Me fijé en la hora y recordé que ya debía tomarme mi medicamento.

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Crónica de una crónica

Hace un par de años que me pregunté por qué nunca me había ganado nada en un concurso. Sonará estúpido, pero fue hasta entonces que me di cuenta que muy pocas veces he participado en concursos. En muchos me quedé con las ganas. Justo cuando iba enviar algo, decidía que lo que había hecho no valía la pena. Y no concursaba.

Eso estuvo a punto de sucederme con “Las batallas en Xoco”, crónica con la que gané el segundo lugar en la tercera edición del concurso La crónica como antídoto, convocado por el CCU Tlatelolco.

En un inició pensé la crónica como un cuento. La historia de un vecino de Pilar, que estaba harto con el ruido de los gallos de su papá, me parecía muy entretenida y años atrás hice un borrador que ahí se quedó.

Cuando entré a trabajar en la UNAM, tuve mucho tiempo libre. Decidí aprovecharlo para escribir. Me encontré con la convocatoria del concurso, recordé el cuento y lo retomé para volverlo crónica.

El trabajo que hice en una revista digital me dio experiencia en la narrativa periodística. Escribí el texto pensando que tenía atrás a Marco Antúnez, quien fue mi editor en esos tiempos. Intentaba imaginar todo lo que Marco podría señalarme para mejorar la crónica.

También aproveché lo aprendido en un taller de Raquel Castro sobre creación de personajes. Intenté imaginarme los detalles de cada uno de los actores en Xoco. Con algunos fue sencillo, pues los conocía bien. A otros tuve que imaginarlos según lo que me contaron de ellos.

Aunque mejoró bastante, al final no me gustó lo que tenía escrito. El tiempo límite estaba encima y no sabía cómo mejorar la crónica. Pensé por un momento en no enviarla. Meses después salieron los resultados y me sorprendí al ver que había obtenido el segundo lugar.

La crónica podía ser mejorada, por supuesto. Por algo no ganó el primer lugar. Por algo me sorprendió estar entre los premiados. Menos mal que una de las cláusulas del concurso incluía que se tenía que tallerear. El taller estuvo a cargo de Emiliano Pérez Cruz, quien me dio bastantes sugerencias para mejorarlo.

La crónica ya ha sido publicada en Punto de partida y pueden leerla en este enlace.

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Haré las paces con tu recuerdo

Debo hacer las pases con Araceli, o al menos con su recuerdo que veo a diario. A pesar de que la condené al olvido hace más de dos años y medio, no ha habido día en que no la piense, o que su nombre no se me escape de los labios como un tic nervioso.

Al principio, no podía atravesarse su imagen en mi  cabeza sin causar estragos. Ahora ya puedo convivir con su ausencia sin que me arruine un buen día. Aún así, merodea en mí y no sé cómo tratarla. Quisiera poder recordar cómo hacía feliz mi vida sin sentir al mismo tiempo resentimiento.

La recuerdo como una melodía cuando entraba a la casa. Me abrazaba, me llenaba de besos y me contaba su día.

Sus días eran rarísimos. Me platica que pepenó comida en la Merced, o cómo conoció a un tipo a quien le decían “Muerte” y que le dio consejos de cómo sobrevivir en la calle. Conocía a gente de todos lados y de todas las edades todo el tiempo y fácilmente se hacía amiga de ellos. Luego los metía a la casa.

Así terminamos viviendo con un venezolano que se hacía pasar por hindú y que practicaba la quiromancia y el tarot.

En las noches me pedía que le contara cuentos. Yo era malo improvisando, así que me acostumbré a buscar historias durante el día para que no me agarrara por sorpresa. Y si me agarraba por sorpresa, no se me ocurría otra cosa que decirle más que:

Este es el cuento de un gato
Con el cuerpo de trapo
Y los ojos al revés
¿quieres que te lo cuente otra vez?

Me recitaba las partes favoritas de sus lecturas. O me pedía que se las leyera. Y yo le leía, aunque estuviera cansado de tanto leer. En ese tiempo, la mayor parte de mi trabajo consistía en leer en voz alta.

A Araceli la conocí en un curso de foto. Tenía buen ojo para ver todo distinto. Con la cámara fotográfica escogía ángulos que ni se me hubieran ocurrido que podían existir. Y ese buen ojo lo aplicaba en todo. Me cuestionaba mis opiniones y después hacía un comentario que me cambiaba la perspectiva.

—No todos estudian por la misma razón que tú lo haces, Paulo. —me dijo en una ocasión en que me quejaba de mis compañeros de clase. Yo nunca lo había pensado y por primera vez comencé a preguntarme qué buscaban mis compañeros de carrera en la lingüística.

Nos inventábamos historias del futuro, o formulábamos hipótesis sobre la sociedad. Y se tomaba mis dudas sobre el viaje en el tiempo muy en serio.

Araceli creció en un pueblo obrero que se volvió ciudad dormitorio después de que cerró la fábrica. Era barrio y había aprendido muchas mañas. Teníamos poco dinero para comer, pero cuando nos sentábamos a la mesa, de repente sacaba un paquete de queso de cabra o una lata de ostiones.

—Ara, ¿de dónde sacaste todo eso? No teníamos dinero para comprarlo.

—Tú conmigo no te preocupes nunca del dinero, Paulo. Yo hago magia.

Ni yo me daba cuenta cuando se escondía en su chamarra un paquete de galletas.

Si se encontraba a un lisonjero, le daba lo que se había robado. Y si le decían “gracias por su caridad”, enojada contestaba.

—No es caridad, es solidaridad.

Las noches con ella eran cortas. Y al despertar, me preguntaba qué había soñado. Procuré despertar cada vez con más calma, para no olvidar mis sueños. A veces ella era la que me despertaba.

—¡Paulo!

—¿Qué pasó?

—Me pareció que tenías un mal sueño.

Ara me gustaba desde antes de conocerla. No era particularmente bonita, pero me llamaba la atención su cabello desordenado y corto, sus pantalones rotos y su actitud desafiante.

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—¿Qué hizo que empezaras a hablarme? —le pregunté, pues para mí era un misterio cómo llegó a fijarse en mí.

—Me gustaba cómo me veías y que después volteabas para fingir que no lo hacías.

Ella estudiaba etnología y tenía la mirada etnográfica muy desarrollada. Me gustaba escucharla hablar sobre lo que había aprendido de las plantas y sus usos medicinales, sobre las montañas o sobre tradiciones.

A veces me decía todo lo que le gustaba de mí. “¿Ese soy yo?”, pensaba. Y me preguntaba si yo también podría quererlo como ella lo hacía.

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Sinopsis libre de spoilers

Esta película ha sido dirigida por al menos una persona. Se desenvuelve en algún punto del planeta, teniendo como protagonista a al menos un personaje que puede o no puede ser el mismo director (o directora) o una proyección del guionista. La historia transcurre con un inicio, un clímax y un desenlace, aunque podría sorprendernos con algún inesperado experimento en la estructura narrativa.

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La güera

La güera llegaba a casa de mis abuelos antes de la hora de la comida. Ella traía las tortillas, envueltas en una servilleta de tela sobre papel de estraza. No se quedaba más de cinco minutos. La recibían, iban por el dinero, le pagaban y le daban su propina.

Casi siempre yo le abría a la güera. Teníamos la misma edad, pero ella era más alta y más delgada. Cuando llegaba a la casa, solía encontrarme jugando con una botella de plástico. En casa de mis abuelos me las arreglé para que un deporte practicado por 22 jugadores en una cancha de más de 90 metros de largo con un balón, pudiera ser jugado por un solo individuo en un garaje con una botella de plástico.

Un día que llegó la güera con las tortillas, me preguntó a qué jugaba.

— Juego fútbol —le dije.

— ¿Solo?

— Sí — y le expliqué cómo jugaba.

Antes de cada partido contra mí mismo en el garaje, tomaba una botella desechable de refresco. La tapaba bien y la aplastaba para comprobar que el aire no se le escapaba. La ponía en medio del garaje e iniciaba el partido. Un pie jugaba para un equipo, otro para el equipo contrario. Corría de un lado a otro tras la botella. Con un pie la pateaba hacia la portería de los visitantes y con el otro pie me barría para evitar el gol. Me caía, me levantaba y ahora el equipo contrario poseía el cilíndrico. Corría hacia la portería de los locales y sucedía lo mismo.

Tal vez le extrañó un poco las reglas de mi juego, pero no dudó en preguntarme si podía jugar conmigo. Yo no me lo esperaba, pero no tardé en responder.

— ¡Claro!

Y jugamos juntos unos cinco minutos.

Después de ese día, si yo no le abría a la güera y ella no me encontraba en el garaje, me buscaba en el estudio de mi abuelo, donde hojeaba las enciclopedias. Y si yo estaba arriba viendo tele y alguien gritaba “es la güera”, para informar que las tortillas habían llegado, yo bajaba corriendo y jugábamos en el garaje aunque fueran cinco minutos.

La güera era mi primera amiga desde el jardín de niños. Quizá por eso empecé a fantasear. Tal vez, más grandes, nos conoceríamos mejor. Tal vez le tomaría de la mano y tal vez algo sucedería. Finalmente, vivíamos muy cerca.

No sucedió nada. La güera dejó de entregar un día las tortillas. Cuando se me ocurrió preguntar qué le había pasado, me dijeron que su papá se la había robado y que se la había llevado con él a Chiapas. No volví a saber nada de ella.

Hace poco me pregunté qué sería de la güera. Me di cuenta que sería imposible reencontrarnos. Nunca supe su nombre y la única imagen que conservo de ella está en este recuerdo.

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