Archivo mensual: mayo 2018

Calor y sopor

En Veracruz todos los días hace calor y aún así la gente comenta que qué día tan caluroso.

En la ciudad de México nunca hace calor, aún así algunos días comentan que qué día tan caluroso.

En Guadalajara no sé si siempre haga calor. Ahora es primavera. A las cuatro de la tarde todos están empapados, pero nadie se atreve a señalar lo obvio. Qué calor hace.

Aquí no entiendo al sol. Son las cuatro de la tarde, pero los rayos nos pegan como si fueran entre las doce y las dos.  Tratamos sin mucho éxito de protegernos con la sombra de los edificios. Mi sobrino se tambalea al caminar. Cuando fui a recogerlo, se encontraba de cuclillas con la cabeza entre las piernas, durmiendo.

Al subirse al camión, Luis Ángel escoge el lado de sol, no sé por qué. Miro de reojo a los pasajeros. El calor los venció ya. No intentan refrescarse ni un poco. Los peinados de las mujeres están arruinados, como si les hubieran echado un balde de agua salada encima. Solo el chongo de una señora parece haber sobrevivido. Sin embargo, la señora se rindió al sopor. Su cuello trata de hacer una L, mientras el chongo se mueve como una boya con el balanceo del camión.

Mi sobrino se recuesta sobre mí y se duerme. Yo echo para atrás la cabeza y lo sigo. No despertamos hasta que nos encontramos a unas cuadras cerca de la bajada. Me cuesta hacer que se levante. Se para, camina y brinca ya en la bajada. Siento como si se fuera a ir sobre las ruedas del autobús. Aunque me asusto, no le digo nada.

Las calles de la colonia están empedradas. Mi sobrino se tambalea aún más entre las piedras. Me imagino en un western. Guadalajara siempre me ha parecido nombre de western.  Veo a una cuadra a un señor en triciclo. Suena su campana. Me quejo.

«¿Qué vende? ¿Vende nieves? ¿Cómo voy a saber qué vende si no lo grita?». Ángel, como si mi comentario le hubiera molestado, me señala «¡Tío, aquí la gente no grita!».

Desde una camioneta llaman al señor del triciclo, que se voltea y deja ver un cartel que dice “Nieve y tejuino”. Una niña se baja emocionada mientras cantalea suavecito: «¡Te-jui-no!»

Se me antoja el tejuino, aunque no sé qué es. Quizá alguna vez lo probé. ¿En Oaxaca? Me lo imagino como un agua fría con un poco de cocoa, con grumos. Me aguanto la curiosidad y sigo adelante. Pienso en lo que dijo Luis Ángel, que la gente de aquí no grita. Me siento un poco mal porque sé que no estoy en casa, pero no estoy en casa porque en casa nunca me siento en casa.

Ángel y yo nos recostamos al llegar y nos quedamos dormidos. Ya no vemos el anochecer. Aquí el sol se mete hasta las ocho y media. Demasiado noche para mi gusto, aún para ser horario de verano.

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Número cabalístico

“Tiene quince días que llegué aquí”, me dijo el cerrajero. Se ve chavo, pero me dice que ya tiene siete años en el oficio. Me cuesta creerle, no solo porque se ve chavo.

Se tardó casi una hora en abrirme la puerta. “Esa chapa está perra”, me había advertido en un inicio. “¿Ah, sí? La abrieron en otra ocasión en corto”. Pensé que quería chorearme.

Sacó sus herramientas. Metía y sacaba ganchos como si viera cuál quedaba, pero ninguno hacía mover la tranca. Él perdía la paciencia y yo con él. Quería que la puerta ya se abriera e irme.

En la casa tenía las maletas casi listas. Tiraba un par de cosas a la basura, levantaba otras, tomaba mis cachivaches y a la mierda. Pero dejé las llaves dentro de la casa, con el celular. Pasaban de las ocho y media. Llamé desde un teléfono de monedas a una cerrajería y me senté a esperar.

Soy olvidadizo y recurro a los cerrajeros seguido. No estoy acostumbrado a que sean tan jóvenes. Traté de no desesperarme cuando mentaba de rodillas frente a la puerta. Me llamaba “camarada” y solo por eso me esforcé en no perder los estribos. Me imaginé que era comunista, aunque lo decía con demasiada naturalidad, como un “huey”, un “loco”, o un “compi”.

La puerta se abrió y me apresuré en despacharlo. Me faltaban doscientos cincuenta pesos para pagarle, así que me acompañó al banco. Platicamos en el camino. Me preguntó si aún alcanzaría metro y cómo podría llegar. Supuse entonces que no era de aquí, pues a las diez y media se preocupaba por no alcanzar transporte.

Le dije que tampoco soy de esta ciudad. “Soy de Veracruz, pero ya tengo quince años viviendo aquí”. Fue ahí cuando me confesó que él tenía solo quince días en la ciudad.

“Llegué para aprender más. En León no hay tantas chapas de seguridad. Haz de cuenta, allá me tocaba abrir unas siete a lo mucho cada mes. Mientras que aquí en esta semana ya llevo ocho”.

“Pues yo ya me voy de aquí”, le dije. “Espero no volver”. Y el corazón se me apachurró un poco. Me costaba creer que ya me iba. Quince años, después de todo, son un chorro.

Llegué a la terminal con más maletas de las que podía cargar. No creo en la cabala o en la numerología, pero cuando el camión salió, hacía pocos minutos que había comenzado el quince de mayo.

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Un día mágico entre varios malos

Inhalo. Inhalo. Exhalo. Exhalo. Pienso que ha sido otro día malo, como han sido tantos en este último mes. “Soy un desastre”, me digo. Quisiera desquitarme con Fortuna, con Caos, con quien parezca tener la culpa de mi torpeza. Me veo en el espejo y reconozco que soy el único responsable de este desorden.

He engordado bastante en este último mes. Como y bebo sin medirme. Veo mi cabello desaliñado, mi ropa holgada y me comparo con quienes caminan por la calle. Todos son más altos, más fuertes, más guapos. Su ropa está planchada, aseada. No puedo ser como ellos. Ya ni lo intento. Recuerdo cada vez que intenté vestir una camisa elegante y me tiraba un poco de comida encima. “Soy un desastre”, me digo. Uno zapatos bien boleados no me durarían. Una camisa de vestir se me descosería en unas cuantas puestas.

Me sentí un desastre toda la semana, excepto ayer.

Desperté temprano el sábado. Me acosté tarde el día anterior, pero había quedado con Karina para ir a Los Dinamos. La esperé afuera del metro y tomamos un camión que sube por toda la avenida San Jerónimo.

En Los Dinamos corre el único río vivo que tiene Ciudad de México: el río Magdalena. Lo entuban para surtir de agua potable a una pequeña parte de la ciudad, pero en la reserva aún se encuentra libre. Caminamos un par de horas cuesta arriba. A pesar de haber dormido poco, no me sentía cansado, pero Karina quería regresar porque a las dos su perro, Claudio, empezaría a inquietarse en la casa. “Lo tengo que pasear”.

El camión de regreso baja sobre el río Magadalena. En ese tramo, el río ya se encuentra domado y corre silencioso bajo la calle. Excepto en época de lluvias, nadie lo nota. Karina regresó a su casa. Yo no quería volver al departamento que cada vez se encuentra más abandonado. Entonces, fui a la Cineteca. Quería ver una película, pero no podía sentarme sin cabecear. Me recosté en el pasto y me quedé dormido.

Casi después de despertar, reconocí a lo lejos a una compañera de la carrera, Jocelin. Iba acompañada de otra chica más. Contrastaban un poco. Jos vestía sandalias y una blusa de algodón, ligera y con tirantes. Su amiga traía un vestido dominguero de color durazno. La saludé a lo lejos, pero no me vio, así que me acerqué hasta pararme detrás de ellas.

Nos saludamos: “Hooola, ¿cómo estás?” “Bien, gracias. Y ¿tú?”, y así prosiguió la conversación hasta que me dijeron que iban a pagar el estacionamiento porque les salía más barato en taquilla. No habían encontrado boleto para una película de Wes Anderson.

“Yo vengo a ver Sueño en otro idioma, pero antes me dormí un rato para no dormirme en la película”, les dije. Llegamos a la taquilla y nos quedamos los tres en silencio. La cajera nos vio extrañada, hasta que me dijeron “pues pide tu boleto”. “Ah, sí. Uno para Sueño en otro idioma.” “¿Boleto de estacionamiento?” “No”. “¡No, sí, sí!” dijo Kari, la amiga de Jos. “Ah, sí, sí. El Cadillac. Casi nunca lo saco y se me olvida que tengo uno”, le dije a la cajera que se aguantaba la risa.

Faltaban tres horas para la película. Kari y Jos planeaban pasear un rato por Coyoacán, ahora que podían tener indefinidamente el auto en el estacionamiento. Las acompañé. Esperaban a una amiga para tomar cervezas artesanales más tarde, a la vuelta del Cenart. En el mercado platicamos de lingüística, de educación, de metas y de desilusiones. En el mercado, se unió su compañera. Caminamos por el centro después de comer unas tostadas.

“¡Papas!”, escuché a lo lejos. Volteé hasta que vi a Chota y a Manolito a lo lejos. Se acercaron a mí. Comenzaba a chispiar, pero no nos importó mucho. Jos y sus amigas se metieron a la puerta lateral de la parroquia, mientras Manolito, Chota y yo nos poníamos al tanto de las novedades. Chota se iría pronto a Europa sin un quinto, pero un montón de libretas para vender. Manolito me comentó que tomaba unos medicamentos después de intentar cortarse el brazo. Yo le mostré mi llavero-pastillero y le dije que lo entendía. Sonreímos porque sabíamos que los tres entendíamos. No se necesitan palabras de apoyo cuando te hacen sentir acompañado.

Nos reintegramos al grupo de Jos. “Ellos van también cerca del Cenart, ¿les pueden dar un aventón?”, les dije. “¡Claro!”. Ahora éramos un grupo de seis personas. Nos apretujamos en un carro para regresar a la Cineteca. Pensamos en esa escencia que tiene Coyoacán que permite esta clase de encuentros fortuitos, algo de lo que carecen la Roma y la Condesa.

Cada quien tomó su rumbo poco a poco, hasta que me quedé solo en el cine a ver la película. Pensé que fue un día mágico entre tantos malos que he tenido últimamente. La película me encantó. Sin embargo, de regreso en el metro me sentía otra vez  sin rumbo y con ganas de dejar de existir. Me fijé en la hora y recordé que ya debía tomarme mi medicamento.

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