Archivo mensual: octubre 2018

Zorros contra tiburones

La primera vez que entré a un estadio de fútbol fue para ver un partido de Veracruz contra Atlas. Los Tiburones habían calificado a la liguilla en muy buena posición y se enfrentaban contra los Zorros en octavos de final.

A mí no me gustaba ver el fútbol. Prefería patear balones, meter goles y, sobre todo, pararlos. La posición de portero era mi preferida. En la privada donde vivíamos, me la pasaba horas golpeando la pelota en la pared lo más fuerte posible. Veía el balón rebotar y me lanzaba sobre él.

Mis tíos y mis primos de Irapuato sí veían mucho fútbol. Ellos eran seguidores de las Chivas. Cuando los visitaba, me preguntaban a qué equipo le iba. No sabía que debía irle a un equipo. «Pues al Veracruz» les dije por decir algo.

En una ocasión, mientras pateaba el balón contra la pared, una vecina me preguntó lo mismo que mis primos: «¿A qué equipo le vas?». «A los Tiburones», contesté con tono seguro. «Ese equipo es maleta», me dijo. «¿Y qué equipo es bueno?». «El Necaxa está en primer lugar de la tabla». Yo no sabía por qué a los equipos los ponían en una tabla, pero estar en primer lugar debía ser bueno: «Entonces le iré al Necaxa», le dije.

Mi padre llegó un día con la noticia de que me llevaría a ver un partido de fútbol del Veracruz. «Pero ese equipo es malo, ¿no?» objeté. «¡Claro que no! Clasificaron ya a la liguilla» contestó con su voz grave y sonora. «¿Qué es la liguilla?», pregunté. «El torneo se divide en dos, la liga y la liguilla» respondió mi padre e hizo una larga explicación. Yo hacía como que entendía.

El día del partido nos vestimos de rojo. El estadio Luis “Pirata” Fuente me pareció gigantesco. En la entrada, mi padre compró una vuvuzela azul, blanca y roja, como la bandera del equipo. Me costaba sacarle sonido a esa trompeta de plástico y sus rebabas me lastimaban los labios, pero me parecía más entretenido intentar sonarla que gritar. En el estadio no podía escuchar mi voz.

Le hice muchas preguntas a mi padre ese día: «¿Por qué insultan a los jugadores del equipo contrario?». «Es parte del juego». «¿Qué tanto le gritan al árbitro?» «Le gritan “árbitro vendido”». «¿Ya se acabó el juego?». «No, solo es el descanso». «¿Ese jugador se lastimó?». «No, solo hace tiempo». «¿Por qué marcaron falta si nadie se cayó?». «No marcaron falta, marcaron fuera de juego». «¿Por qué es “fuera de juego”? Yo lo vi dentro del juego».

A excepción de los jugadores con camisas blancas y rojas que corrían hacia adelante y hacia atrás, no recuerdo nada especial dentro de la cancha. Disfruté más ver a la gente, sobre todo a mi padre. Chifló, gritó y saltó durante todo el partido.

Después de mi vista al estadio, comencé a interesarme en el fútbol. Hasta me aprendí el nombre de algunos jugadores. Mi jugador favorito era Adolfo Ríos, el portero de los Tiburones. Una vez lo encontré en Plaza Mocambo y le pedí su autógrafo. No entendía por qué no lo llamaban para la Selección Nacional, si era mucho mejor portero que ese tal Jorge Campos, a quien se le iban las pelotas por tratar de pararlas con una mano.

Ya no voy a partidos de fútbol con mi padre. Dejé de hablarle hace varios años. No me importa. El fútbol ya no me interesa. Ni sé qué jugadores están con los Tiburones. Aún así iré a ver el juego de Veracruz contra Atlas en el estadio Jalisco. Algo me pide hacerlo. El Atlas está en último lugar y seguro los Tiburones, penúltimos del torneo, podrán ganarles. El juego será aburrido, pero yo me entretengo solo con ver chiflar, saltar y gritar a la gente.

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