El tío Moy

El tío Moy no viajó por el mundo, pero casi. Visitó Tierra de Fuego, dio media vuelta y se dirigió hacia Alaska. Todo el recorrido lo hizo en bicicleta.

En la hora de la comida, mi abuelo a veces nos contaba sobre el tío Moy y de la familia Rodríguez. Eran unos excéntricos. Vivían en Tabasco. Uno tenía de mascota dos cocodrilos y otro un tigrillo.  «¡Ay, se metían a bañar con los cocodrilos en la tina!» agregaba mi abuela escandalizada, mientras imaginaba aquellas escenas con precisión.

En secundaria el tío Moy visitó Veracruz. Mi abuelo lo anunció con días de anticipación.  «Viene Moy. Se va a quedar unos días aquí». Cuando lo dijo, se movía como un cachorro poseído por la felicidad. Yo me emocioné también con la novedad. Quería conocerlo para que me contara cómo podría recorrer el continente en bicicleta. Mi abuelo sacó para la sobremesa las historias de los cocodrilos, el tigrillo y los viajes en bicicleta de Tierra de Fuego hasta Alaska.

Unos días después descubrí una bicicleta de carreras en la casa de mis abuelos, al llegar de la escuela. El corazón me saltó y los ojos se convirtieron en unos platos al verla. El tío Moy había llegado. Sentí como si hubieran escondido un dinosaurio en la casa. Puse atención a todos los ruidos de la casa para encontrarlo. Me encontraba en el piso de arriba cuando escuché un silbido que no era de mi abuelo. Este silbido estaba bien temperado y pasaba de graves a agudos con mucha facilidad, como si fuera un instrumento. «¿Quién silba tan bonito?» decía mi abuela. Era el tío Moy.

Al tío Moy me lo había imaginado delgado y atlético, pero estaba más regordete que mi abuelo. Con la ropa azul de ciclismo, parecía el planeta tierra visto desde el espacio. Las canas de la barba y el cabello completaban su atuendo. En él se veían como un casquete polar. Mi abuelo nos presentó: «Él es mi nieto, hijo de Juan. Él es tu tío Moy, mi primo». A mi abuelo le brillaban los ojos al mencionarlo.

Moy nos contó que habló con el ayuntamiento para dar vueltas en un parque por cinco horas en beneficio de los adultos mayores. «Es parte de su truco para viajar por América», pensé. «Visita los ayuntamientos y lo apoyan con una causa». Comió con nosotros y le pregunté cómo comenzó a viajar en bici. «La tomé un día y me seguí». Tenía un vozarrón. Nos contó cómo en Panamá participó en una una carrera y quedó en tercer lugar. «Soy más un ciclista de resistencia, no de velocidad», se disculpó, como si no haber ganado el primer premio pudiera romper la imagen que tenemos de él.

Mi madre me acompañó al parque donde daría vueltas al tío Moy. Mi abuelo ya estaba ahí, así como una pila de jeringas, medicamentos y pañales para adultos. Nosotros también llevamos pañales. La bici se ponchó antes de las cinco horas y no sé por qué ya no pudieron parcharla. Solo el tío Moy parecía decepcionado por lo sucedido. Todos los demás estaban muy contentos de tenerlo de visita.

No volví a saber del tío Moy. No sé si alguien le avisó de la muerte de mi abuelo. No fue al funeral. Por curiosidad busqué en Internet su nombre, para ver si algún periódico local anunciaba su recorrido por América y su campaña para apoyar a los adultos mayores. Solo encontré una esquela de Moisés Rodríguez, quien construyó una bicicleta acuática para pedalear en uno de los tantos lagos de Tabasco. Sonaba al tío Moy.

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